El cuidado y la revolución

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En la historia de las cosas, esta es una escena familiar. Un hombre se aísla en un estudio a escribir. Las horas se queman como brasas veloces en el ejercicio intelectual. Escribe sobre el mundo, diseña teorías. Se preocupa de eso, nada más. Para escribir así, idealmente, el estómago ha de estar nutrido. Para pensar así se requiere, ojalá, un estado psíquico ininterrumpido. Casi siempre, cerca de esa escena hay una mujer – o varias – para facilitar y preparar el estado de aquel que piensa y escribe. Una esposa, una hermana, una hija, una servidora, en últimas alguien, una figura femenina, que se canaliza en algo más: las comidas, las ropas limpias, las habitaciones pulidas.

El hombre de esta escena particular es Adam Smith, el filósofo escocés a quien se le adjudica haber fabricado el corazón de la teoría económica clásica. Es interesante la perspectiva de él que ofrece la periodista de economía sueca Katrine Marçal. En la teoría de Smith hay una pregunta fundamental. ¿Cómo obtuviste tu cena? Cómo logras comer. De dónde proviene el sustento para vivir. La respuesta que da, explica Marçal, es que la cena no se obtiene exactamente de la benevolencia del carnicero, del panadero o del cervecero (Smith escribía en el siglo XVIII) – sino del propio interés que éstos tienen en generar una ganancia. Esa noción, de que todo en últimas se mueve por el afán egoísta de obtener una utilidad individual, se convirtió en la fuerza conductora de la economía moderna.

¿Pero cómo obtenía el señor Smith su propia cena? El filósofo de la economía nunca se casó y vivió con su madre a lo largo de su vida. Si se sigue su teoría, explica Marçal, es posible que la madre de Smith, al proporcionar comidas y propiciar las condiciones para que éste pudiese escribir y pensar, bien ha podido estar motivada por un tipo de interés personal. Pero también, dice Marçal, es posible que la motivara el amor y el sentido del cuidado hacia su hijo. Esas motivaciones, sin embargo, han sido drásticamente excluidas de la teoría económica. Es curioso anotar que en su teoría el señor Smith olvidó a su madre, desatendió las texturas materiales que hacían posible su estados reflexivos y sus trazos mentales.

Esa otra economía sigue siendo, sobre todas las cosas, femenina. Se paga poco o nada por esas actividades que aseguran las minucias del vivir. No se le percibe como trabajo “serio”. Cuando fue creada, la teoría económica moderna se olvidó de las mujeres. El caso de Adam Smith sirve como metáfora. ¿Qué nos dice? Que con frecuencia, las grandes teorías que nos rigen, han sido forjadas desde la mirada masculina. Que con frecuencia las filosofías que moldearon nuestras percepciones más arraigadas fueron concebidas en un mundo de hombres, pensado por los hombres, escrito por los hombres. Para los hombres. Como sucede, por ejemplo, en Estados Unidos. Todo el imaginario político estadounidense se organizó sobre la noble creencia de libertad y democracia, siempre y cuando éstas aplicasen singularmente para varones blancos. Es un símbolo.

Hay que abrirse camino entre lo perceptible para llegar a la cualidad de lo estructural. Nos permite una comprensión que rehúse el facilismo. Nos permite comprender lo que indican este tipo de símbolos. No es gratuito ni insignificante que los códigos y modelos de comportamiento que se han asignado al sujeto central de la teoría económica de Smith – asertivo, desprendido, racional, competitivo – coincidan con las características que hemos aprendido a codificar como masculinas. De la misma manera, puntualiza Marçal, todo lo que ha sido excluido de la teoría económica – las emociones, el cuerpo, la dependencia, el sacrificio, la vulnerabilidad – son precisamente aquellas cosas que hemos aprendido a evaluar como femeninas. ¿No hay una simplificación inquietante ahí? Lo humano se caracteriza, primordialmente, por su complejidad. Una teoría de la economía fundamentada de manera parcial se siente incompleta, todavía. Al no incluir a las mujeres, la teoría pierde de vista el espectro humano.

Quienes nos salvan en una pandemia global se ocupan de los cuerpos humanos. La enfermería es, por ejemplo, uno de estos oficios. El surgimiento del sistema capitalista, también en una mirada estructural, nos recuerda que surge sobre la legitimación de la destrucción de la tierra y de la exclusión de lo femenino. En el confinamiento las constelaciones de la domesticidad han tenido que enfrentar a hombres y mujeres a considerar lo que implica ocuparse de las minucias del vivir. Limpiar, cocinar, lavar, cuidar. Los países nórdicos que han afianzado alcances de igualdad han insistido en fomentar una masculinidad que cuida, que protege, que se permite la empatía y la suavidad. Aquello baja índices integrales de violencia social, vivifica un sentido de prosperidad y bienestar colectivo. Los estudios teóricos encuentran que aquellos trabajos “femeninos” no son una pequeñez en las mediciones a las que tienden dichas teorías, como el PIB. La arrogancia patriarcal desmiente los hechos científicos ante una crisis, la mirada empática, asociada a lo femenino, responde como ha sucedido, por ejemplo, en Nueva Zelanda. Índices.

El asunto va más allá de los oficios. Nos habla sobre nuestras formas perceptivas. Si la pregunta fundamental, en cualquier campo o disciplina de la existencia, está hecha desde la mirada masculina, hay una realidad parcial. De allí que me incline a considerar que una de las grandes revoluciones de igualdad sigue estando allí, en cómo percibimos los trabajos y las cualidades de lo femenino. Lo creen y sostienen teóricas, académicas y activistas de formas más elocuentes y certificadas que lo que pueden ser estas líneas.

Las revoluciones también son estructurales. Se nos olvida. Nos habituamos a un concepto de revolcón instantáneo. Nos apegamos a las formas. Nos urge recordar que es en la raíz donde se reconfiguran las constelaciones. Se habla a veces de feminizar el canon. Feminizar significa hacer uso de aquellas cualidades que hemos codificado así. No es infrecuente que lo que es asociado a lo femenino se evalúe como secundario, menos importante. El cuidado entraña una revolución que no se ha dado todavía. La pandemia nos recuerda que aún hoy, para fabricar teorías y órdenes desde la complejidad humana, debemos feminizar la forma cómo entendemos la vida.

@vanessarosales_

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