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Hay, en la plaza San Pedro, en Cartagena de Indias, una estatua en bronce patinado esculpida por el maestro Enrique Grau. Está afuera de la iglesia que allí se levanta, portentosa y alta, bañada por una luz almíbar cuando anochece en la ciudad. La estatua es la imagen de una realidad que fue. Dos varones, -hechos bajo la plasticidad peculiar del maestro, con esa anchura en la fisonomía y esas proporciones ensanchadas-, parecen conversar. El hombre vestido de sotana, mano reposada gentilmente sobre el brazo de su interlocutor, parece decirle algo a ese otro que exhibe el torso descubierto y va descalzo. Es la imagen de una idea encarnada. Cristiano colonizador y sujeto esclavizado.
El varón de esta sotana, sin embargo, es conocido como el patrono de los esclavos. Un “noble” jesuita que de manera ejemplar y escasa para su época volcó sus propios esfuerzos evangelizadores a morigerar los agravios que, en esa misma intemperie, sus contemporáneos y colegas de la cruz ordenaban sobre africanos esclavizados y sus linajes. En estos aires, la humedad intacta, el vaho sofocante, flota el rumor de los navíos que traían cuerpos encadenados. El espectro de eso va en el aire. Se contiene en su sol inclemente o la tibieza del ocaso. Curioso es que la plaza, la edificación religiosa, la escultura, toda la gestualidad simbólica allí observable, honre a este hombre del púlpito – “bondadosa” excepción en un entramado amplio y superior donde primó el ninguneo y sometimiento de la otredad. Lo que debería predominar, más allá del apego a esta fe como ideología, es la fábula infame de una institución sombría que veía en toda forma ajena a sí un demonio, que incluso argumentó que esos sujetos de pieles oscuras que laceraba y sometía no podían ser considerados en su humanidad. Curioso que la fe más predicadora de amorosa contemplación del otro sea la misma que se haya encargado de sustentar todo ese engranaje sistematizado y adolorido que fue la esclavización africana. Rastros. Siglos.
Toda Cartagena de Indias guarda en su aire ese vestigio. Toda ella está calcinada en la memoria de esa fantasmagoría herida. Toda ella es una cicatriz de la esclavización que también la hizo. Toda ella lleva el sello de esa asimetría. Diluidos los entornos coloniales y las infamias de un sistema de subordinación, el sello racial persiste en la cualidad misma de sus tejidos. Se inscribió en sus estructuras. Destila de sus muros y verdines. Cuelga sobre el sopor de su vista oceánica y su bahía. Está en los espectros que leyó el gran Joe Arroyo en su melodía sobre una historia cartagenera de liberación. Está en lo que palpita y supura en sus geografías – en el esplendor de edificios blancos almidonados que roza contra la desidia de sus terrenos polvorientos y despojados. El contraste abrasivo entre un punto y otro en la misma ciudad. Toda Cartagena de Indias contiene en sí misma la llaga de su virulencia racial.
De allí que ciertas iconografías que se han instalado en su paisaje visual puedan suscitar malestar en quien las mira. En la medida en que Cartagena de Indias se ha elevado como enclave de casamientos a nivel global, una escena se ha hecho frecuente en sus postales festivas: la comitiva de muchachos y muchachas, pieles oscuras, vestidos de blanco prístino, que suelen animar a la pareja que hace juramento de amor ante la cruz de Cristo. El aire se tiñe de tambor. En las calles, mientras la pareja se desplaza hacia su festín, la comitiva los rodea con ritmo y sincronía. Con los años, el atuendo ha alcanzado códigos más definidos; las mujeres lucen blusas que resuenan con la estética de la cumbia, a veces turbantes blancos y collares compatibles, argollas grandes. Toda una espléndida escenificación que guarda, no obstante, una espina. El recordatorio tácito de que toda esta fabulosidad se convoca en lo que ha sido también un enclave esclavista, en un territorio soterradamente racista. Hay muchas aristas que desglosar en esa construcción. La esplendidez estética no diluye la astilla, las capas que albergan esos símbolos. En apariencia, sólo un jolgorio, un gesto festivo, propio de los dulzores del Caribe. Tantas alabanzas de estética hechizante sobre Cartagena de Indias, y estos ojos, nacidos allí, hechos allí, que allí retornan, atrapan sobre todo esa fealdad que carcome sus fachadas bonitas.
No sólo en Cartagena de Indias hay iconografías que llaman a esta revisión. En Barranquilla, por ejemplo, el amplio repertorio carnavalesco incluye entre sus teatralizaciones el disfraz de Las Negritas Puyol. Toda su genealogía, la forma en que la década del setenta concretó su popularización, connota expresiones de la imaginación popular urbana. El disfraz contiene un tinte original de servidumbre, ligado a la mujer de piel oscura, a los imaginarios de la empleada doméstica. Y nos remite, por ejemplo, a cómo los jugueteos lúdicos del carnaval pueden enmascarar también las violencias de un mestizaje en cuyo sincretismo arde también la asimetría. El Son de Negros es otra teatralidad que ameritaría unas examinaciones reflexivas de este tipo.
El escozor semántico ante estas expresiones, envueltas en las ambivalencias que resultan de nuestro mestizaje característico, no puede, sin embargo, desligarse de un contextualismo radical. El análisis de estas iconografías, lo que éstas dicen en términos de nuestras dinámicas racializadas, tendría que contemplar, por ejemplo, lo que la actividad puede significar en términos de agencia económica y trabajo; lo que estos disfraces y su teatralidad pueden revelar sobre procesos situados de identidad. La especificidad de las variables potenciales tendría que integrar el análisis allí posible.
Una serie reciente de fogonazos estadounidenses han ilustrado el péndulo que puede darse entre la coyuntura y lo estructural. El líder de la Casa Blanca está allí, después de todo, en gran parte por su racismo y su ideología antiintelectual. Una ferviente discusión sobre los símbolos parece haberse puesto en orden cuando, hace unas semanas, esos remezones en los Estados Unidos arrojaron imágenes de estatuas con tintes esclavistas siendo removidas y derrocadas. Las imágenes, las protestas, los estallidos, nos han tendido un espejo ante nuestra propia brutalidad policial, ante la herida racializada que entre nosotros palpita. En Colombia, el debate antirracista no puede ser una efervescencia momentánea, no puede ser el impulso efímero de una coyuntura cercana. En Cartagena de Indias, la estela racializada persiste, la pandemia revela también su enquistada manera de hacerse tangible. Un estremecimiento de incomodidad tendría que atravesar a cualquiera que evoque sus festines, la geografía social y política de una ciudad apetecida, glorificada, azotada por su pasmosa desigualdad.
En nuestra arena política, doblegada ante la discusión de caudillos y personajes, frenéticamente fijada en figuras y no en ideas o raíces, este debate ¿dónde está? La discusión antirracista tendría que ser un vector siempre vivo de la esfera política, en la escala ínfima e individual, en las efervescencias colectivas. En los esfuerzos educativos, en las narrativas institucionales, en los modos como reconsideramos nuestros imaginarios compartidos. Tendría que ser un asunto ubicuo en el radar discursivo. Tendría que ser una búsqueda que no halle fatiga. No puede ser fogonazo digital. No puede ser un asunto momentáneamente encendido. Tendría que ser un prisma incesante para transformar nuestra realidad específica.