La estetización de la enfermedad

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Una señal, una sola para delinear la época. Una imagen. Un objeto. Las mascarillas son el gran emblema estético de nuestro momento. El signo visible de nuestra temporalidad. Estoy buceando por los archivos históricos de la apariencia para extraer un precedente, algo que se le parezca. Alguna esquela en blanco y negro de décadas atrás muestra rostros cubiertos ante una remota plaga que dejó cruentos efectos. Conjuro la uniformidad al vestir en determinados regímenes y circunstancias de quiebre. En las guerras o en esquemas totalitarios cierta homogeneidad. Durante la segunda guerra europea, el aire se tiñó de escasez, desmoralización, desbarajuste, y voluntades cuya sinergia estaba llamada a una fluctuación importante. Las ruinas urbanas y las ropas ultrafuncionales lo dejaban ver. Pero entonces el mundo no era la expansión digital de hoy –y en cuanto al pasado, no es posible ubicar un elemento que se replique de manera tan omnipresente como la mascarilla de nuestros días. Escapa mi sondeo visual.

Cuando un símbolo es ubicuo, vale la pena analizar qué revela. A pesar del desprecio que han tenido hacia ella filósofos e intelectuales (religiosos también), la apariencia es un terreno que puede albergar honduras reveladoras. La apariencia nos incomoda precisamente por su ambivalencia. Indiferentes a ella o no, somos también imagen para quienes puedan vernos. Los estilos de la vestimenta pueden tener significados políticos y sociales. Pueden ser índices de una transición del comportamiento o un giro de paradigma, la cultura de una consideración entera. Sin embargo, como escribe un filósofo francés, en los tiempos del capitalismo de hiperconsumo lo que nos rige también es la proliferación estética. Un signo puede estar hinchado de sentido o bien puede ser una expresión superflua, un mero guiño estético. Con frecuencia, además, a la apariencia se le ha impuesto un binario entre ornamento y función. Lo que deja en ella una tensión siempre irresuelta.

Esta, la mascarilla, es el signo de una atmósfera que nos pide protección. Un elemento delineador. Un código de consciencia. La forma precisa de una experiencia común. La mascarilla nos contiene y resguarda. También nos induce al vértigo constante de la desolación y la pérdida. Nos recuerda, con su aparición, que el temor nos apresa, que hay un prospecto que nos acecha y vulnera en aquello que nos unifica sin excepción: así como vestimos nuestros cuerpos, ellos se extinguirán algún día. Ninguna forma externa resiste al virus que ordena una pandemia. Todos somos su objeto. En ese aspecto, la amenaza al cuerpo y la mascarilla ambos son índices de una homogenización – una significativa nivelación que nos refresca la mortalidad que entraña nuestra pequeñez. Más allá de fenotipo, género o extracción social. Este es el gesto de una comprensión compartida. Todos somos cuerpos mortales y vestidos. Y la mascarilla imprime los rostros persistentes de los profesionales de salud pública. Hemos visto también las marcas de la desesperación y de la resistencia al no removérselas durante horas de aflicción y fuerza.

Las críticas estadounidenses del estilo se pronunciaron sobre el tema. Porque la industria de la moda, además, siempre encuentra una manera de absorber una conducta estética. De hacerla suya, en imagen y en comercio. La mascarilla puede ser un signo de miedo o de consideración. Ella también es el centro de una tensión. Nuestra psicología puede usarla como una extensión de una voluntad protectora o como el signo de una ansiedad, la marca del miedo. Puede verse como una prueba de solidaridad y de contrato social, un objeto de nueva necesidad, un mecanismo que permite el oportunismo espinoso de cualquier modelo del capitalismo neoliberal. Los traumas, escribió una de las analistas, pueden ser coyunturas para oportunidades capitalistas cuyos orígenes no dejan de ser espinosas. La crítica Rhonda Garelick señaló la reticencia del presidente estadounidense a exhibir una mascarilla en público. Un signo más de la arrogancia patriarcal y la vanidad altiva a la que aspira un varón cuya parafernalia cosmética habla sobre su pasión por la “extravagancia teatral”. (Lo mismo que explica por qué los informes oficiales de la presidencia destellan siempre ese halo de escenificación televisiva más que de gravedad política). Esa separación deliberada revela que éste líder busca exaltarse en su poder, evadir la experiencia par, compartida – y eso revela el accesorio tan democratizador que es la mascarilla también. La inconsideración, y el ser vehículo de contagio, permite que el presidente se afirme también como un peligro, otra forma más de poder.

Y la ambivalencia de la mascarilla está también en cómo remite a la necesidad médica y ya a estas alturas a una afirmación del estilo. Las homogenización puede impulsar también la expresión del individuo. En ese sentido, al migrar al teatro de la moda, como escribe Robin Ghivan, la mascarilla también es la representación visible pero decorativa del aislamiento y del dolor. Su aspecto ornamental nos impulsa a preguntarnos por los límites de la potencial banalización. Además de marcar una preocupación social y la protección de la salud, empieza a trazarse también como un significante del individuo.

La estetización de las cosas implica otra forma de espinosa ambivalencia. No solo porque nos envuelve en ese espectro de afecciones visuales que es el mundo digital, a veces con signos vacíos, sino porque también traza otras realidades – la visibilidad de las jerarquías, los desniveles de lo económico y lo social. Toni Morrison expresaba que para ella la belleza es una absoluta necesidad –no un privilegio o una indulgencia, ni siquiera una búsqueda. Para ella, la belleza es como el conocimiento –nacimos para eso; más allá de las autoridades que legitimen o decidan lo que ella es o no. “Pienso que encontrar, incorporar y luego representar la belleza es lo que los seres humanos hacen”. Embellecer las mascarillas podría leerse como una señal de eso justamente. Eso no remueve las espinas. También es cierto que en la industria de las manufacturas, marcas y sellos de toda gama volcaron esfuerzos materiales a la producción y el abastecimiento. (Algo que hace eco a circunstancias de ropas y fábricas en la segunda guerra europea también). Así que las mascarillas también hablan de trabajo, de capital y de remuneraciones. Su producción ha procurado trabajos también. ¿Pero en qué circunstancias? Porque el neoliberalismo que rige la industria de la moda puede ser indeciblemente descorazonador y sombrío.

Las informaciones presentes indican que su uso permanecerá entre nosotros durante un tiempo más. También son el signo de un orden que se nos impone desde hace dos meses. Y en la medida en que han ido aterrizado a los afectos estéticos de nuestro mundo estetizado y digital, las mascarillas abandonan su cualidad excepcional para asumir la ubicuidad que representan. Ponen en evidencia, además, aquello que las redes digitales –con celebridades desplegando sus confinamientos en opulencia– y que la pandemia en sí ha magnificado simplemente: la disparidad acuciante que nos rodea. En otros momentos, cubrirse la cara ha sido también una seña de peligro y de sospecha. Hoy son una forma de reconocimiento visual también. Han sido seña de las preocupaciones ambientales de nuestra era, un ítem de la protesta liberal, un gesto de anticapitalistas. En Corea, su uso habitual permitió una contención importante del virus. En el contexto occidental, su visión sigue siendo confrontacional y por eso inquietante también.

El distanciamiento social tampoco es un concepto nuevo. No remite únicamente a la salud y el aislamiento. Está inscrito en múltiples dinámicas de clase social. La geopolítica bogotana lo contiene. La estratificación que marcan los centros comerciales de la capital lo demuestra. Las formas en que está organizada la clase social en Colombia encuentran, con la pandemia, meras variaciones de forma nada más. ¿Nos cambiará de alguna forma moralmente? Extendida, con toda su dimensión estética, la mascarilla también es un sitio desde donde preguntar.

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