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A la apariencia se le reprochan muchas cosas. Larga es la historia que asocia vanidad con inmoralidad. El cristianismo temprano prohibía toda muestra ornamental (en las mujeres sobre todo). La misma expulsión del Edén contiene una escena de la pareja que siente pudor ante la recién descubierta desnudez. Un Dios defraudado y castigador les concede, para su vergüenza, pieles de animales. La ropa, desde entonces, se vuelve un vestigio de nuestra caída de gracia. Un recordatorio de esa expulsión. Por tradición, filósofos –e intelectuales– han despreciado una apariencia conspicua al ver en ella una especie de afrenta a la supuesta capacidad que aspiran tener; la de ejercerse como meros cerebros observantes. Abstraídos del cuerpo, en la grandeza de la mente. Porque el cuerpo se construyó como algo menor, conectado a lo femenino. A la apariencia se le reprochan muchas cosas, pero hace un tiempo ya que vivimos en un mundo estetizado. Ninguna generación humana había sido tan informada visualmente.
El mundo es una pantalla bidimensional. Cuadrados. Desde hace unos años, con el recurso de una cámara a la mano y la exposición digital, nuestro yo se acostumbró a performar. Se acostumbró a una forma intensa de mirar. A una esfera digital donde se fomenta la exhibición desencarnada de la vida privada. Más ahora, por las ventanas, en las calles mayoritariamente despobladas, un mundo de seres con tapabocas. Distanciados. La experiencia digital ya nos había sometido a esa simultaneidad en los últimos años. Hiperconectividad distanciada. Nos miramos. Se multiplican las imágenes. Nos permiten desear. Añorar. ¿Qué añoramos? Que esto termine. Que podamos recuperar algunos aspectos de una realidad humana que se siente próxima pero, por ahora, irrecuperable.
Antes de la pandemia, ¿qué añorábamos? Algunos consumían en aras de actuar. Algo. Una identidad. Un mensaje. En 1999, Llewelyn Negrin escribía sobre la consolidación del ser-como-imagen. Una idea que observa cómo la identidad se crea a través de lo que se consume. Bienes y ropas. Mientras que en el siglo diecinueve la primacía estaba en cualidades como ciudadanía, democracia, deber, trabajo, honor, reputación y moral, nosotros nos hemos acostumbrado a fundir consumo con la presentación de una personalidad. A vivir bajo el régimen de los signos. Nuestro mundo se habituó a la autoridad del signo por encima de lo que éste puede representar. Como escribe Byung-Chul Han: “Huimos hacia las imágenes, a la vista de una realidad que percibimos como imperfecta”.
La pandemia nos empuja más hacia los medios. Nos conduce a pensar, además, en la historia de la vigilancia. Se habla de vigilancia biométrica. Pero también nos recuerda que somos consumidores visuales. Las apariencias han sido minadas ante la amenaza del virus. Las mascarillas son el emblema estético del cambio de orden y de la crisis. El performance es confinado. Todas nuestras esferas tienen cámaras. Algunas figuras, productos del mundo digital, han sido despojadas de su material de seducción. Les vemos en una novedad llamada Tik Tok, en ropas informales, asumiéndose con un tipo de comedia que por momentos, podría leerse como un método para aligerar y asumir esperanza, en otros como la consecuencia de la indelicadeza, del entretenimiento inconsciente.
Se han manifestado algunas miradas puritanas sobre el performance que implican la vanidad y la práctica cosmética. No es nuevo que la ropa deportiva y confortable se haya convertido en un signo de nuestro tiempo, de fórmulas de vestir celebradas y aceptables. La doctora en historia Valerie Steele recién observó que, ante la pandemia, entre nosotros “seguirá la conquista definitiva de la ropa informal”. Sin embargo, algunas reflexiones han hablado sobre la “liberación” que supone no actuar para ojos ajenos. No maquillarse, no componerse. Asumen que esa es la única motivación posible para la apariencia y la vanidad. Son miradas misóginas, que pretenden simplificar, desde el esencialismo, desde el axioma generalizado, al afirmar que la cosmética se practica para otros, de manera subordinada, y no como una forma de acceder a estados propios. Las simplificaciones solo hacen el mundo más chato.
“La sociedad de la seducción es la sociedad del hiperconsumo”, ha afirmado el filósofo Giles Lipovetsky. En estos tiempos, ¿qué es seducir? ¿Lograr retener la atención voluble de los ojos hiperconectados? En las redes sociales, dice, todo el mundo se pone un valor. La seducción es efímera. ¿Si no exhibimos bienes y ropas, nos apagamos en nuestra capacidad de seducción? Hemos sido lanzados a lo que Chul Han ha podido llamar un estado contemplativo, la posibilidad de demorarse. La escritora Toni Morrison afirmaba que la búsqueda de la belleza es una necesidad intrínsecamente humana. Independiente de las formas que son o no legitimadas, la belleza, como búsqueda, es también cazar la vida misma.
La pandemia también cuestiona nuestras miradas. Nos empuja a oscilar entre la indelicadeza y la esperanza. ¿Recibiremos la lección fundamental? Ante la vida, la opulencia sí se siente inmoral. Tal vez en el confinamiento podamos reconsiderar lo que atamos a la seducción. Seducir es persuadir. Encantar. Añorar. Queriendo vivir, distanciados, protegidos, sin escenarios sociales, tal vez seducir sea esa espesura temporal que nos permite contemplarlo todo desde un pensamiento más crítico. Tal vez repensemos lo que implica seducir en el espectro digital, ante el torbellino de preguntas que aumenta entre la esfera privada, la presentación virtual, las informaciones demoledoras de un virus. Tal vez seducir es estar con sí mismo, sentir el asalto de la posibilidad, hacerlo para sí, hacerlo para los ojos digitales que nos miran, hacerlo sin consumismo. Tal vez seducir sea otro lugar para repensarnos, otra forma de sabernos con vida.