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A pesar de la gigantesca marea de información que fluye por los medios y las redes sociales, cada vez parecemos más indiferentes a las tragedias que vive el mundo entero.
Nos sentimos lejos de los naufragios de los migrantes que buscan llegar a Europa en frágiles embarcaciones, distantes de las muertes de civiles en Siria, cuyas cifras incluyeron esta semana a decenas de niños calcinados en su escuela por las bombas de aviones rusos y alejados, incluso, de un país tan cercano en lo territorial y en lo afectivo como Venezuela. Esa indiferencia de los individuos y de la propia comunidad internacional se ha ido tornando en indolencia permanente, pues el drama venezolano parece que a los gobiernos del continente en nada afecta o conmueve.
Cuando una tragedia no se diluye en una inmensa y amorfa colectividad humana sino que toca a seres que conocemos y apreciamos, amigos cercanos y colegas con nombres y rostros propios, no es posible mirar hacia otro lado. Muchos de ellos nos cuentan cómo se han levantado durante 17 años con el sinsabor de vivir bajo un régimen cuyo máximo líder se convirtió en figura pública a raíz de un fallido y sangriento intento de golpe de Estado, lo que ya evidenciaba un profundo desprecio por la democracia. Ponerse el calzado por las mañanas bajo un gobierno arbitrario hace que emerja un sedimento de amargura cotidiano que empobrece cada uno de sus días y llena de incertidumbre el futuro de sus vidas y de su propia nación. Durante casi dos décadas han padecido el colapso de la producción nacional, el desabastecimiento alimenticio, la desolación del éxodo, el desbordamiento de la ideología y la exacerbación del cliché.
Un estudio elaborado por la organización estadounidense World Justice Project (WJP), que compara la experiencia ciudadana en lo referido al Estado de derecho en 113 países del mundo, sitúa a Venezuela en el último lugar, por debajo de Camboya y Afganistán. Adicionalmente, el Índice Global de Corrupción elaborado por el Foro Económico Mundial ubica a Venezuela a la cabeza de las naciones más corruptas. El más reciente acto de Maduro al suspender el proceso de convocatoria del referendo revocatorio parece constituir un desafío calculado a la oposición y a la propia comunidad internacional. Por primera vez en la historia, el presupuesto nacional venezolano no fue remitido a la Asamblea Nacional para su aprobación. A ello se suma el desprecio absoluto de Nicolás Maduro hacia otros poderes al salir del país sin la debida autorización de ese órgano legislativo.
¿Será necesario que haya un baño de sangre en Venezuela para que los países de la región reconozcan que dicho gobierno se comporta como una dictadura descarada y feroz? A la luz de su ejercicio despótico del poder y de los indicadores económicos y sociales, la era del socialismo del siglo XXI puede considerarse un fracaso histórico que dejará por muchos años en la memoria de los venezolanos un sentimiento de frustración y vergüenza. Los venezolanos, como en el viejo tango, ruedan cuesta abajo hacia lo más profundo de la incertidumbre y la desesperación.
wilderguerra@gmail.com