Discurso peligroso

Weildler Guerra
13 de octubre de 2018 – 12:00 a. m.

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El odio que tradicionalmente habita y prospera en las redes sociales parece haberse desbordado de estas e inunda hoy los espacios sociales más insospechados. Nada parece detenerlo, ni la dignidad intrínseca de las personas, ni el juramento hipocrático, ni la actitud tolerante y pacífica de quienes son sus víctimas. Uno pensaría que sobre la dignidad humana hay un consenso establecido desde hace largo tiempo y consignado en normas internas y en declaraciones internacionales que promueven el trato civilizado y el respeto al otro. No parece ser así. Desde orillas ideológicas opuestas se suele hoy negar la humanidad del contrario.

Lejos de considerar reprochable la violencia verbal directa, el vituperio obsceno y hasta la toma de imágenes sin el consentimiento de la persona agraviada, una exaltada galería de seres delirantes e iluminados aplauden y estimulan los actos inciviles más extremos bajo los efectos trastornadores de la intoxicación ideológica. Si alguien invoca la sensatez y expresa su indignación frente a ese tipo de linchamientos verbales será objeto de descalificaciones, pues las personas buscarán amparo en la figura de la libertad de expresión, como si esta protegiese la violencia, el acoso y la injuria. Los criterios universales sobre la dignidad de las personas son desechados y la gente toma posiciones elásticas desde la comodidad de una lógica situacional. Los ataques en las redes sociales, y por fuera de ellas, son celebrados de manera morbosa desde la solidaridad grupal. La agresión es justificable siempre y cuando no sea contra mí o contra uno de los míos.

Ese es precisamente el camino opuesto al de la reconciliación. En su obra Aquellos hombres grises, el historiador Christopher Browning afirmaba que detrás de un genocidio hay siempre un proceso de deshumanización. Justamente el objetivo del lenguaje deshumanizador es hacer que la violencia, en cualquiera de sus dimensiones, parezca aceptable. Esa fue la ruta seguida en Ruanda, en donde se implementó una pedagogía del odio concretada eficazmente en los medios radiales. Con gran razón Tzvetan Todorov decía, en su clásico libro El miedo a los bárbaros, que una sociedad no se debe considerar civilizada porque posea un mayor grado de avance militar, económico o tecnológico respecto de otras colectividades humanas; civilizado es simplemente quien reconoce la humanidad del otro.

Las redes tienen la capacidad de quitar esa tenue capa de urbanidad que aún pervive en algunas personas y extraer, como en una especie de autoexorcismo, lo peor de sí mismas. Allí se entremezclan el estereotipo simplificador, la posición abyecta y el fanatismo político y religioso. El propio papa Francisco ha dicho que en las redes “se dicen cosas que no serían tolerables en la vida pública y se busca compensar las propias insatisfacciones descargando con furia los deseos de venganza”.

La violencia verbal, expresada usualmente con una procacidad rudimentaria, debería ser injustificable desde cualquier postura ideológica. La sensación que hay, sin embargo, es la contraria. Hacer carrera desde el discurso del odio puede llevar, incluso, a importantes cargos oficiales y quién quita que incluso alguno se pueda hacer merecedor de la Cruz de Boyacá.

wilderguerra@gmail.com

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