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“Jorge 40” no es igual a Eichmann

Weildler Guerra
13 de noviembre de 2015 – 09:00 p. m.

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No siempre el mal es banal.

Detrás de un monstruo aparente puede haber un monstruo real. Cuando la filósofa judía Hanna Arendt vio a Adolf Eichmann en Jerusalén, se sorprendió de la vulgaridad de éste, de su inocultable mediocridad, que le facilitó llevar a la muerte a millones de seres humanos durante la Segunda Guerra Mundial. En nuestro conflicto colombiano se encuentran algunas tristes figuras que ordenaron la muerte de miles de personas y en muchos casos participaron directamente en su tortura y ejecución. Uno de ellos fue Rodrigo Tovar Pupo, Jorge 40, quien creció y convivio entre las familias más respetables de Valledupar, su ciudad natal, y luego ordenó sin piedad la tortura y la muerte de sindicalistas, obreros, campesinos, mujeres indígenas, funcionarios judiciales, profesores universitarios y empresarios, algunos de los cuales habían sido sus vecinos y amigos.

Si queremos tener una idea de la gravedad de las acciones de este individuo, sólo debemos saber que el número de sus víctimas es aproximadamente el mismo de las personas sacrificadas en la masacre de Srebrenica perpetrada en 1995 por parte del ejército serbio. Pocos paramilitares tuvieron tanto poder en Colombia. Jorge 40 actuó en la práctica como el último virrey colonial en el Caribe colombiano. Algunos de los gobernadores del llamado Magdalena Grande se comportaban notoriamente como sus subordinados. Tenía durante esos años el principal organismo de seguridad del país a su total disposición y comandó un ejército privado compuesto por miles de hombres. Su poder empezaba en el sur del Cesar y se extendía por todo el Magdalena, hasta Castilletes, y continuaba hasta Barranquilla y aún se expandía a algunos sectores de Sucre. Mientras algunos de sus compañeros de armas acampaban en Ralito, él siguió segando vidas y extorsionando comerciantes hasta el final de ese cuestionado proceso.

Jorge 40 dio auge al término “pelar” como sinónimo de matar. Contaba el familiar de un secuestrado que fue hasta su campamento a negociar su rescate, que al oírlo hablar por radio, dando instrucciones a sus hombres en todo su imperio, repetía incansablemente esa sombría expresión que significaba la muerte de decenas de personas. Se considera un hombre traicionado por las élites económicas y políticas de Colombia. Está convencido de que el país se halla en deuda con él por haberlo salvado de la amenaza comunista. Se considera un héroe. En su tortuosa imaginación confunde el genocidio de mujeres y niños con supuestas batallas heroicas. Jamás ha colaborado con la justicia colombiana, jamás ha sentido arrepentimiento por sus atrocidades, jamás ha pedido perdón. Saldrá libre en cinco años.

Rodrigo Tovar no es Eichmann. Es un hombre soberbio, con capacidad de iniciativa, imaginativo en la crueldad, inteligente y atormentado que encontró en un conflicto descarrilado el espacio propicio para su depravada creatividad. Él no puede alegar ausencia de pensamiento y capacidad reflexiva. Él ha experimentado la angustia que nos lleva a hacer un balance de nuestra vida y nos permite decidir cómo debe ser vivida. ¿Quién era Jorge 40?, nos preguntarán algún día. Responderemos apelando a Juan Rulfo, diciendo: “un rencor vivo”.

wilderguerra@gmail.com

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