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En una entrevista concedida a Cecilia Orozco para El Espectador, el actual presidente del Consejo de Estado, Gustavo Gómez, justificó la actitud de los miembros de las Cortes que van al Congreso a solicitar a los parlamentarios que voten normas que les sean favorables. Lo que más me impresionó de sus respuestas fue la sensación de sinceridad que me dejó; creo que realmente está convencido de lo que dice.
Defendió el aumento del período de los magistrados y la ampliación de su edad de jubilación con la tesis de que al dejar su cargo algunos no están jubilados y deben vivir de la nada; el argumento es ofensivo en un país en el que casi la mitad de sus habitantes son pobres y cerca de una sexta parte de ellos viven en la indigencia. Pero sobre todo lo es cuando proviene de quien devenga uno de los salarios oficiales más altos del Estado y pertenece a una élite que goza de un régimen pensional especial, del que algunos se han valido para poner en marcha cuestionados carruseles.
Dice que comprende a sus compañeros que acuden a los parlamentarios para rogarles que voten en su favor algunas normas, porque “eso es lo que da la tierra”. Es una lástima que olvide ejemplos como el de Darío Echandía, quien se negó a aceptar el ofrecimiento de sus copartidarios que le instaban a tomarse el poder, porque entendió que si bien con ello alcanzaría la Presidencia, ese solo gesto no permitiría superar la crisis que entonces se enfrentaba. O el más reciente de Juan Carlos Henao, quien cambió la magistratura de la Corte Constitucional por el poder inmaterial de la academia.
Menospreció la trascendencia de la Corte Suprema de 1985 argumentando que sus integrantes pertenecían a una justicia lejana a los ciudadanos, indolente y poco sensible a construir los valores que ahora se tienen en un Estado social de Derecho. Tiene razón en cuanto a que esos magistrados no se ocupaban de cosas tan mundanas como la ampliación de sus períodos, o el aumento de su edad de jubilación, o la designación de amigos en cargos que les permitieran mejorar su pensión. Pero olvida que esa fue la Corte que por vía jurisprudencial, sin necesidad de terciar en una reforma constitucional, consiguió que los tribunales de guerra no juzgaran civiles en épocas de estado de sitio.
Fueron esos magistrados quienes por primera vez se pronunciaron judicialmente sobre la igualdad de los hijos concebidos dentro y fuera del matrimonio; a ellos se debe el desarrollo de principios que hoy se dan por sentados en nuestra sociedad como la libertad de cátedra y la autonomía universitaria. Aun cuando muchos lo han olvidado o nunca lo han sabido, fue esa Corte la que dedicó su atención al por entonces olvidado preámbulo de la Constitución Política para usarlo como valiosa herramienta de interpretación de la propia Carta, y la que sentó las bases que muchos años después permitirían la construcción en nuestro país del llamado bloque de constitucionalidad. A eso llama el actual presidente del Consejo de Estado una Corte indolente y poco sensible a los valores propios de un Estado de Derecho.
La tierra da de todo; desde Daríos Echandías hasta Gustavos Gómez; lo lo importante es aprender a escoger.