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Negociando con terroristas

Yohir Akerman
25 de junio de 2016 – 09:00 p. m.

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Septiembre 4 de 1972. Durante los Juegos Olímpicos de Múnich un grupo de militantes radicales palestinos mató a 11 atletas del equipo de Israel.

Para muchos el ataque fue el más escalofriante ejemplo del terrorismo internacional antes de los atentados del 11 de septiembre.

Los agresores eran fanáticos fundamentalistas empeñados en la difusión de la destrucción, pertenecientes al movimiento terrorista palestino llamado Septiembre Negro.

Seguir considerando una negociación con los palestinos después de ese momento era visto como inútil, débil y una victoria de la impunidad. La única respuesta aceptable para el mundo era aplastarlos.

Y esa fue la misión de Israel, Estados Unidos y el mundo entero frente al terrorismo durante las siguientes cuatro décadas.

Ahora bien, la historia ha demostrado que el ataque de Múnich fue diseñado por los enemigos internos de Yasir Arafat, presidente de la Organización para la Liberación Palestina (OLP), para debilitar el poder palestino de los moderados y entregarles el Gobierno a las facciones más radicales.

El objetivo de los atacantes radicales era acabar con cualquier opción de diálogo entre Arafat, quien lo estaba analizando, e Israel. Y lo lograron.

La retaliación militar de Israel después de los ataques terroristas obligó a Arafat a rechazar cualquier posibilidad de una solución negociada con ese país, y lo llevó a radicalizar su discurso para poder continuar en el poder de la OLP, pese a que estaba convencido de que la única solución al problema tenía que ser dialogada.

Entendible para ambas partes, ya que nadie quiere dialogar cuando hay sangre en las calles. Pero ninguna de las partes ganó con el recrudecimiento del conflicto armado.

Las represalias por parte del gobierno israelí con ataques aéreos contra zonas de influencia de los extremistas palestinos en el Líbano y Siria acabaron con la vida de muchos civiles. Mientras que los golpes terroristas de Septiembre Negro terminaron con cientos de vidas inocentes, pero sobre todo desdibujaron políticamente a la OLP y les desvaneció la posibilidad a los palestinos de un reconocimiento de un Estado, que era su finalidad.

En retrospectiva, es difícil imaginar cómo cualquiera de las dos partes hubiera podido reaccionar de manera diferente después del horrendo atentado de Múnich que dejó a los atletas israelís agonizando ante el mundo. Pero, también en retrospectiva, es claro que todo lo que vino como consecuencia de eso fue un dañino efecto dominó para ambas partes.

El resultado fue la suspensión de cualquier posibilidad de creación de Estado Palestino, la suspensión de cualquier negociación con la OLP y el recrudecimiento del conflicto armado durante los siguientes 15 años contribuyendo a propagar los grupos más peligrosos y radicales como Hezbolá y Hamás.

Una pesadilla.

Y esa historia es una lección importante para Colombia en este momento, ya que el mayor riesgo para el proceso de paz que se está concretando, es la eventualidad de un atentado terrorista a cualquiera de las partes, o a la sociedad civil, proveniente de cualquier grupo violento enemigo de la paz.

Un ataque de los extremistas mostraría lo frágil que pueden ser estos históricos logros conseguidos hasta ahora y generaría un seguro rompimiento de la dejación de armas y la guerra como solución a este problema.

La guerrilla de las Farc ha demostrado que los violentos de ayer tienen la posibilidad de convertirse en los pacificadores de mañana, como dijo Nelson Mandela.

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Y aunque los temores a los enemigos pueden dañar las oportunidades de paz, los grupos en contra de este proceso tienen que entender que negarse ante la paz que viene para Colombia o hacer caso omiso de ella porque no es perfecta, no hace nada para honrar la memoria de aquellos que murieron en la guerra. Eso es claro.

@yohirakerman, akermancolumnista@gmail.com 

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