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Se anuncian novedades desde La Habana y llegan en buen momento, cuando las tensiones se elevan y el nivel del debate decae, como suele pasar.
Paso crucial cuando ya las partes acuerdan la hoja de ruta para llegar al desarme y a la desmovilización, el objetivo final que se persigue desde hace varios años y que tanto ha costado conseguir. En medio de los gritos, la campaña del miedo de cada lado, las equivocaciones del presidente a la hora de informar, no sobra recordar que es mejor un país sin guerra, un país sin Farc. Es mejor un país en donde los guerrilleros dejen las armas y hagan política dentro de la democracia.
No sobra pensar justo hoy en los más de 200.000 muertos que ha dejado el conflicto en más de medio siglo, no sobra pensar en tantos jóvenes de los dos bandos que no tuvieron futuro porque encontraron la muerte cuando apenas salían de la adolescencia. No sobra recordar a las viudas, a los niños que nunca conocieron a sus padres, a los secuestrados que perdieron años eternos de su vida, a los desplazados que hoy siguen huyendo. Esta semana nos recordaron que tenemos el vergonzoso primer lugar de desplazamiento en el mundo.
Habrá que tragarse muchos sapos, claro. Vendrá la justicia transicional y las penas serán menores a lo que se esperaría para semejante desangre, pero la alternativa es seguirnos matando, aumentar esa lista infame de muertos y definitivamente la vida es mejor sin guerra.
Por supuesto que el país no será el paraíso después de la firma, como algunos quieren pintar. En primer lugar porque muchas de las causas que llevaron hace años a desatar este conflicto que luego se degeneró siguen ahí: un país con altísima inequidad, con injusticia e impunidad para la mayoría, un país con niños que mueren de hambre. Pero la guerra empeoró todo. También nos seguirá rondando el fantasma de las otras violencias que acechan y pueden incluso fortalecerse después del acuerdo. Ya nos pasó con la desmovilización de los paramilitares que terminó engendrando unas bandas criminales que nacieron reciclando a muchos de quienes debían desarmarse. Pasará con algunos guerrilleros también, pero si se logra desmovilizar a la mayoría, vale la pena. No será el paraíso, pero es mejor un país sin guerra.
El país no se le está entregando a la guerrilla como dicen los que no respaldan el proceso; tampoco es cierto que no haya justicia o que venga una dictadura “castrochavista” como se dice en el colmo de los inventos. Se hacen concesiones porque no se logró la derrota militar y cuando los conflictos terminan en una mesa, se negocia y se tiene que ceder. Pero tampoco es cierto decir que quienes critican los acuerdos son partidarios de la guerra. Muchos colombianos tienen justas dudas y preguntas por la manera como se han conducido las negociaciones y el alcance de lo pactado. También por los “audaces” giros jurídicos que se han dado para darle vía al proceso. Nos deben explicaciones y respuestas. Todo eso ha generado un debate de oídos sordos cargado de mentiras y eso no le hace bien a un país que busca con desesperación un futuro mejor, sin muertos y con mayor equidad.
Pasar la página del conflicto es una necesidad histórica para poder por lo menos soñar con la posibilidad de tener algún día un país más humano para todos. La guerra no es la vía, lo hemos visto con los ríos de sangre que han corrido por décadas. Momento histórico el que vivimos y ojalá lo podamos recordar como el punto de cierre de una pesadilla y no el comienzo de más violencias. De los ciudadanos depende ahora y es buen momento para exigir a los dirigentes, a todos, un poco más de responsabilidad con el país. Que los mezquinos intereses políticos y económicos no terminen llevándose por delante una esperanza porque es mejor un país sin guerra.