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El reto del coronavirus no es solamente de salud, es también de información. En este mundo hiperconectado en el que millones de mensajes se mueven en fracciones de segundo, es tan peligrosa la desinformación como el contagio mismo. Al escribir esta columna, por hacer el ejercicio, busqué en Google la expresión “coronavirus COVID-19” y aparecieron 195 millones de resultados. Por fortuna, los primeros enlaces me llevaron a la Organización Mundial de la Salud gracias al acuerdo que se logró con el buscador. Sin embargo, es apenas obvio pensar que no todos esos millones de contenidos son fiables ni verdaderos. Tanto así que la misma OMS habló de una “infodemia masiva”. Aquí es donde aparece el reto mayor para quienes manejamos información. No se nos puede olvidar nunca que el periodismo es servicio público y la primera obligación es informar bien, mucho más cuando hay vidas en riesgo.
En momentos como este, en el que aparecen escenas apocalípticas brincando desde las pantallas de los celulares, es cuando los comunicadores (seamos periodistas, influencers o youtubers) y también las audiencias debemos entender el valor de la información confiable y seria. No todo vale en aras de buscar tendencias o clics. Confirmar con fuentes fiables, no reproducir cadenas alarmistas, no contribuir con la xenofobia o el pánico colectivo son recomendaciones que nos vienen bien a los que informamos y a quienes se informan y al mismo tiempo comparten contenidos en sus redes sin preguntarse de dónde vienen. Esta precaución debería ser la constante con toda información y más cuando hablamos del riesgo de una pandemia. En casi todas las emergencias el pánico puede producir más víctimas que aquello que las provocó.
En el caso de los periodistas hay un desafío inmenso porque se trata de informar sin tergiversar, entendiendo lo que pasa y verificando cada detalle. Esto se puede complicar cuando hacemos el esfuerzo por buscar las fuentes fiables que no siempre están disponibles o no dan abasto para atender la emergencia y además la demanda de información. Entonces echamos mano de “los expertos” que se han puesto de moda en los medios de comunicación y en las redes sociales. Lo complicado es distinguir entre el verdadero experto y el que se vende y mercadea como tal sin serlo y que en realidad no sabe nada distinto a “echar carreta” en un lenguaje confuso. Cuánto bien nos haría a todos que estos últimos se callaran y no desinformaran en momentos cruciales. Cómo nos serviría eso a los periodistas para equivocarnos menos, porque a veces la mala información que se publica viene de una mala fuente que presenta como ciertos unos datos falsos o parciales. Por eso toda precaución es poca si hablamos de información científica y de salud.
En una noticia como la del coronavirus la precisión en los datos es clave y el contexto lo es todo. No se trata solamente de contar muertos. Debemos reportar ese dato, pero ir más allá: hay que entender lo que esa cifra significa, cuál es el porcentaje de letalidad, de incidencia, la rapidez con la que se propaga, la tasa de sobrevivencia, las poblaciones de riesgo y la manera como el virus actúa de distinta manera según se trate de jóvenes o ancianos, personas sanas o con enfermedades previas. El contexto es lo que nos permite ver el cuadro completo y entender. Y si entendemos, vemos la verdadera magnitud de la amenaza para actuar en consecuencia, sin alarmar más allá de lo necesario y tomando las medidas de precaución que de verdad son pertinentes. Una cifra convertida en meme o en pieza digital por fuera de todo contexto puede hacer mucho daño. Una historia emocional no contribuye a que la razón comprenda lo que está pasando. Tremendo reto: que no se expandan ni el virus ni la desinformación.