La guerra que no duele

Yolanda Ruiz
28 de febrero de 2018 – 11:30 p. m.

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Hoy podemos comunicarnos en segundos de un extremo al otro del planeta, tenemos cada rincón monitoreado desde las alturas, creamos órganos en impresoras 3D, comerciamos con monedas virtuales, clonamos animales… hemos logrado mucho con la ciencia y la tecnología, pero en este mundo aparentemente tan moderno y avanzado no hemos encontrado la manera de evitar las masacres que se hacen a la vista de todos y ante la pasividad de todos. Lo que está pasando en Siria dice mucho del atraso de nuestra especie. Una matanza descomunal que no conmueve, que no duele, que no sacude.

Son niños como los nuestros los que mueren ahí, son civiles bombardeados, son horas y días de terror sin que provoquen nada más allá de pronunciamientos vacíos que no frenan la barbarie ni ayudan a las víctimas. El drama se vive ahora por los bombardeos indiscriminados en la región de Guta, pero esta guerra lleva años de violencia, muerte y éxodo masivo. Según algunos expertos es la peor tragedia humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial.

Todo es escandaloso: los muertos se cuentan en cientos de miles, se han usado armas químicas, se habla de siete millones de desplazados internos y cinco millones de refugiados que buscan una segunda oportunidad regados por distintos países. Muchos de ellos mueren tratando de llegar a su destino o terminan convertidos en parias, son despreciados, excluidos, rechazados. Ahí no para el aterrador panorama: la BBC publicaba esta misma semana una grave denuncia: las mujeres sobrevivientes en Siria son abusadas y explotadas sexualmente a cambio de la ayuda humanitaria que debería llegarles sin condiciones y de manera inmediata. Es el infierno real, con todos sus horrores y los que seguramente no se cuentan.

La ONU se pronuncia, rechaza la violencia, pero no ha mostrado capacidad efectiva para actuar. Tanto que hace unos meses una de las delegadas de la comisión para investigar los crímenes en Siria renunció argumentando que no se hacía nada. Es dolorosa la impotencia de quienes son conscientes de este desastre e intentan o quieren hacer algo pero no lo logran: los funcionarios de agencias internacionales en el terreno están desbordados, los pacifistas se pronuncian, pero no hay eco a sus reclamos. También desde las columnas de opinión se hacen llamados a la acción como un desahogo porque las palabras son botellas de náufrago, como esta que no llegará a ninguna parte. Se pide a gritos que la comunidad internacional intervenga, pero solo meten la mano en la guerra los que quieren perpetuarla para sacar provecho pensando en su propio interés.

Me pregunto qué estaría pasando si esta masacre se viviera en un algún país europeo. Es posible que ni siquiera se hubiera prolongado tanto porque la reacción habría sido distinta. Y es que a pesar de todas las declaraciones de derechos humanos, la realidad nos dice que no somos iguales. Unas guerras duelen, otras no; unos muertos impactan, otros pasan; unos niños merecen todo, otros son carne de cañón. Como si la raza, la religión y la miseria marcaran un destino atroz.

¿Qué nos importa Siria si aquí tenemos nuestros muertos y nuestros dramas? Creo que mientras no tengamos la capacidad de ver en otro ser humano nuestra propia desgracia, seguiremos construyendo un mundo que va minando su propio futuro, el de todos. Tolerar Siria es aceptar lo inaceptable, es pasar la línea de la deshumanización. Si en 1945 tras el Holocausto el mundo entendió que hasta la guerra tiene límites, hoy tendríamos que recordarlo una vez más para no seguir involucionando como especie. ¿De qué nos sirven la tecnología y la globalización si somos incapaces de evitar las masacres que pasan delante de todos?

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