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La letra escarlata

Yolanda Ruiz
24 de agosto de 2015 – 10:35 p. m.

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LA MARCA ES EL SIGNO DE LA INFAmia y lo ha sido a lo largo de la historia. Fue marcada la mujer adúltera en la novela de Nathaniel Hawthorne condenada a llevar en su pecho la letra escarlata de su pecado; fueron marcadas las casas de los judíos en la época del Holocausto, mostrando desde su fachada la señal de la tragedia; marcaban también y de manera brutal los amos a sus esclavos con hierro candente.

Marcar al distinto, al enemigo, al que se considera inferior es y ha sido la fórmula de muchos regímenes atroces, y ahora han quedado marcadas las casas de muchos colombianos pobres en Venezuela.

Se quedan grabadas en la retina de la historia las imágenes de mujeres colombianas llorando al ser expulsadas de sus hogares con hijos en brazos mientras en la fachada de sus viviendas aparecía una infame letra D que indica demolición, una letra R que indica vivienda revisada. El régimen de Maduro, al ensañarse con los colombianos, muestra así lo que es en el fondo. Todo se vale si de por medio hay un interés político, como en este caso, cuando se apunta a la vieja fórmula de la crisis exterior y el llamado a la unidad de la patria para enfrentar una amenaza que no tiene sustento. Se busca distraer a la gente de una realidad golpeada por los peores índices de violencia, inflación y desabastecimiento. Colombia no es la amenaza, pero puede ser un buen pretexto para un régimen que hace agua.

La crisis humanitaria desatada por el cierre de la frontera se veía venir. Empezaron a llegar los deportados, a cuentagotas primero y ahora a chorros. Son centenares en lo que va corrido del año y al cierre de esta columna la cifra de los expulsados de estos últimos días se acercaba a 800 y crecía. Familias divididas, niños separados de sus padres, un puente cerrado con alambre de púas… todo parece de otro tiempo. Y las letras infames para marcar las viviendas de los colombianos ilegales son una bofetada que no se puede aceptar. Se demoró en reaccionar, una vez más, el gobierno colombiano. La gente de la zona de frontera pedía a gritos desde hace semanas ayuda para enfrentar los malos tratos y las agresiones de la guardia venezolana, pero sólo ahora, cuando se ha llegado al colmo de la ofensa, se responde y con baja contundencia.

Que Colombia no se puede dejar provocar, que Maduro quiere armar pleito para enfrentar la situación interna y las elecciones que se vienen, que busca enfurecernos y desviar la atención de sus problemas… todo eso dicen para justificar la respuesta tibia que busca evitar un escalamiento de la crisis. Todo eso es cierto, pero hombres, mujeres y niños inocentes están sufriendo una vejación infame que ya no se puede aceptar.

Hoy es la marca en sus viviendas, la expulsión degradante, pero hay que preguntarse qué seguirá mañana. ¿Será el campo de concentración, la ejecución en plaza pública? ¿Hasta dónde llegará Maduro en su afán por sostenerse con su debilidad creciente?

Venezuela ha sido nuestro karma. La frontera viva, la frontera caliente, la gente que vive entre allá y acá, el peso y el bolívar siempre emparentados, “café y petróleo” como cantaban hace tiempo Ana y Jaime, destino común para bien y para mal. Y, claro, siempre es mejor la fórmula de las buenas maneras y la diplomacia, no hay necesidad de declarar una guerra, pero hay momentos en los que alguien debe levantarse para decir: no más, y defender la dignidad. Difícil reto el que tiene el gobierno colombiano: responder con la contundencia necesaria para que la gente agredida sienta que alguien la defiende, pero con la diplomacia suficiente para no darle a Maduro el gusto de aumentar un conflicto que no necesitamos. Momento para medir el talante de un líder. En cualquier caso, no se puede permitir que un régimen infame nos marque como enemigos. Eso no.

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