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Por esta vez no hablemos de los que quieren o tienen el poder, sino de aquellos que no lo quieren. Hablemos de quienes no buscan riqueza ni reflectores. De los que no gritan ni destruyen.
Son centenares de personas que, sin proponérselo, pueden estar sembrando las bases de una revolución silenciosa. Hablo de esos hombres y mujeres que en los últimos años se han vuelto unas figuras recurrentes que aparecen con ideas simples pero poderosas. Son de todas las edades, variados estratos, sobre todo de clase media, con un denominador común: quieren regresar a la esencia, buscar una vida tranquila, en paz con los otros y con el planeta, sin acumular. Quieren dejar de perseguir el éxito y la fortuna.
Son cocineros que ofrecen comida sana hecha con amor; son arquitectos que arman sus proyectos pensando en la construcción sostenible, maestros que se mueven en bicicleta y enseñan a sus alumnos el compromiso con la Tierra. Son jóvenes que rescatan de las calles y del infierno animales maltratados y les buscan un hogar; profesionales con sus maestrías y doctorados que, después de estudiar en las mejores universidades de Colombia o de otra parte del mundo, deciden aportar su conocimiento en ciudades pequeñas. Son artesanos que no buscan producir más sino mejor, sin el afán del mercado y con la paciencia y la belleza de lo que de verdad se hace con las manos. Son productores de cine y de televisión que quieren contar historias de gente real. Son también muchos viejos que al final de la vida, luego de mil batallas, deciden buscar en el campo una alternativa.
Están por todas partes: me los he encontrado en las afueras de Cali, en una vereda de Anolaima o en Barichara; los he visto en Bogotá, en Cartagena o en Tabio. Están en Villavicencio y en Armenia. Muchos en París, Nueva York o Buenos Aires soñando con el retorno. No hacen escándalo, son anónimos, y poco a poco transforman vidas. En medio de tanto caos y crisis de confianza, ellos pueden ser esperanza y posibilidad de futuro.
Se mueven por todas las áreas y no pretenden nada distinto a tener una buena vida y aportar un grano de arena para que el caos en que vivimos sea menor. No quieren cambiar el mundo, quieren cambiar su mundo. Por lo general no creen en la política, se mueven a su ritmo, en grupos pequeños de amigos, sin pretensiones mayores; quieren una vida sencilla, comer sin químicos, respirar aire limpio, dejar lo superfluo, reducir el daño que le hacen al planeta, vivir en paz, buscar el encanto de lo simple y no el aplauso.
Forman parte de esta tendencia cada vez mayor los agricultores que se arriesgan con los cultivos orgánicos, los que emprenden proyectos de reforestación, los que aprovechan la tecnología para escapar de las ciudades y poder trabajar a distancia mientras dan a sus hijos un entorno más limpio; los que tienen pequeñas editoriales y quieren dar oportunidad a talentos que no tendrían chance en el mundo comercial de los libros. Están por ahí, ofreciendo panes y mermeladas como lo hacían las abuelas, experimentando con combustibles limpios, haciendo arte con lo que otros consideran basura, buscando energías alternativas, produciendo miel y cuidando a las abejas. Son escritores, pintores, biólogos o ingenieros. Hacen teatro, diseñan ropa, tienen un blog, hablan de desarrollo sostenible.
Me pregunto si no estará por ahí la respuesta a esta desazón permanente que sentimos en una sociedad que se consume a sí misma en medio de la carrera por tener más, vender más, crecer más. Esos otros, que aparecen poco en el escenario, de pronto nos dan una clave sobre una manera distinta de encarar la vida. O tal vez es solamente mi necesidad de ver posibilidades en medio de la inequidad, la violencia, el ruido y el horror.