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Mundo globalizado, fronteras que se cierran

Yolanda Ruiz
11 de mayo de 2016 – 09:00 p. m.

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Aunque la historia del mundo es la historia de los migrantes, no siempre es fácil llegar para quedarse en tierra ajena. Pasa de nuevo aquí y ahora.

El Gobierno panameño anuncia el aumento de los controles en su frontera con Colombia. Se busca frenar a los que van de paso intentando alcanzar un hogar en un país extraño. Son personas que vienen de Cuba o de China, de lugares cercanos o lejanos, todos con historias de dolor a cuestas, todos huyendo de algo, buscando algo. Pasan por Colombia, por Panamá y por toda Centroamérica persiguiendo un sueño que puede terminar en pesadilla si en el camino son descubiertos.

Sí. La historia del mundo es la historia de los migrantes. Nuestros ancestros, los de todos, en algún momento llegaron de otros lugares. Si no fueron los padres, fueron los abuelos, los bisabuelos o más atrás. Y eso pasa en cualquier esquina de este planeta construido por colonos y viajeros de todas las razas. Sin embargo, nos cuesta vernos a nosotros mismos como hijos de migrantes y por eso no tendríamos por qué mirar con desprecio a los que vienen de lejos. Pero los nacionalismos han logrado distanciarnos y aparecen locos que hablan de muros y consiguen votos señalando con el dedo y condenando a los extraños.

Al final somos todos mestizos, no importa de qué color tengamos la piel. Pero aun así insistimos en sentirnos diferentes y con ello provocamos tragedias. Hoy hablamos de la frontera en Panamá, pero hay que hablar de Europa que suena tan lejana aunque es la misma historia que tenemos en el semáforo. Es la realidad del desarraigo, de la huida ante una guerra, de la búsqueda de ilusiones, de la promesa eterna de otra tierra más amable, más generosa, menos hostil. La crisis humanitaria que vive Europa por la migración de hoy es, dicen los expertos, la más grande desde la que se vivió por la segunda guerra mundial.

¿Son distintas las mujeres que huyen de Siria con sus hijos en brazos de las que salen hoy de los pueblos olvidados del Chocó escapando también de las balas? En el fondo unas y otras buscan lo mismo: quieren salvar la vida y tener una opción de futuro.

Es claro que una masa de migrantes cruzando las fronteras es siempre un reto social y económico y nadie quiere cargar con “el problema” de otros, pero no sobra preguntarnos si al cerrar la puerta a los que llegan no estamos también cerrándola a los nuestros que huyen y buscan refugio en otros destinos. ¿Qué hay de tantos refugiados colombianos? ¿Podemos reclamar, como lo hemos hecho, a quienes de manera brutal expulsan a los nuestros o nos cierran las puertas?

No es fácil la tarea de atender a los migrantes y, como tantos otros problemas de hoy, la salida es transnacional. No hay manera de que un país levante muros por todos sus costados para evitar que lleguen otros. De hecho muchos de los que hoy cierran fronteras, como pasa en Europa, son responsables de la miseria y de las guerras que han desatado el éxodo que hoy los abruma. Si se siembran guerras y pobreza, ¿qué esperaban cosechar?

Lo más triste es que como nunca antes hoy estamos conectados con todo el planeta. En tiempo real y de manera instantánea sabemos lo que pasa al otro lado del globo y podemos hablar viendo la cara del interlocutor que está a miles de kilómetros. La economía está globalizada y las redes sociales han tejido una nueva manera de comunicarse que trasciende todo. Pero hoy, justamente hoy, en ese mundo globalizado se cierran fronteras, se construyen muros y se intenta frenar a los que vienen de otras tierras.

Es la paradoja del siglo XXI: cuanto más conectados estamos, más lejos nos sentimos de los otros.

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