No es “posverdad”, es mentira

Yolanda Ruiz
21 de junio de 2017 – 09:00 p. m.

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Sin eufemismos: al pan, pan, al vino, vino y cuando se dicen mentiras así se llaman: ¡mentiras! Pero pareciera que nos gustan los rodeos y las palabras bonitas para nombrar lo innombrable. Con las nuevas formas de comunicación en redes sociales, que en buena hora han democratizado la información, han surgido términos nefastos como ese de la “posverdad”, que le queda grande a una realidad que es más sencilla: si lo que se dice no es cierto, es una mentira. Pero ahora se habla de “hechos alternativos” para describir lo que nunca ocurrió o para tergiversar aquello que sí ocurrió y mostrarlo como algo distinto.

Las palabras tienen mucho poder y elevar la mentira a la categoría de “posverdad”, dándole un estatus que no tiene con ese término rebuscado, no ayuda a entender los hechos que hoy muchos ven solamente en una pantalla. Son trozos de realidad que nos llegan en instantes en frases, videos, fotografías, muchos de los cuales son contundentes mentiras: imágenes retocadas, tomadas de otros países u otros momentos, trinos falsos, cifras amañadas, calumnias, denuncias de agresiones que no existieron y una lista interminable de mensajes que deliberadamente se ponen a circular con el fin de dañar a alguien y obtener ventajas de cualquier tipo. Hay asesores de comunicaciones que ofrecen en sus paquetes usuarios falsos de redes sociales y garantizan campañas de desprestigio de los oponentes basadas en mentiras o en verdades a medias, que es otra forma muy usada para desinformar y agredir. Lo peor es que muchos de esos seguidores de Twitter o Facebook, que se sienten muy críticos y bien informados, son los idiotas útiles de quienes encontraron muy fácil el lado débil de las redes para sacarles provecho a las herramientas modernas.

Nos quejamos, como usuarios, por lo que publican los demás y criticamos a las redes que no controlan las mentiras que circulan entre sus abonados, pero mientras se hacen esas críticas se comparten contenidos sin dudar cuando aparece una “posverdad” que se acomoda a la idea preconcebida que se tiene del mundo. Poco lugar para la mesura y la reflexión. Si están matoneando por algo será y sobran manos para lapidar y voces para calumniar sin saber si aquello que compartimos en nuestras cuentas es real o no.

Por supuesto que las mentiras han existido en la vida pública desde siempre. Cualquiera sabrá que en la política proliferan de tiempo atrás. Pero la diferencia es que hoy la mentira se puede convertir en “verdad” revelada en segundos gracias a la magia del ciberespacio que todo lo multiplica. Una mentira puede terminar en un titular de prensa o ser el motivo de largos debates de muchos analistas y expertos que están a la caza de la polémica del momento para lograr su cuarto de hora de fama sin preguntarse si el hecho que analizan es real o no. De la mentira terminan comiendo muchos que no la inventaron, pero que se benefician de ella sin sentirse parte del engaño.

Las mentiras las inventan muchos sin rubor: algunos que lo tienen como oficio porque les pagan por ello, pero también muchos líderes políticos y de opinión que ya perdieron la vergüenza y convirtieron la mentira en su herramienta diaria. Mientras más se repite y más camina una mentira más “real” se vuelve y detenerla o desactivarla es casi imposible. Así como es bienvenida esta nueva democracia que hace participar a muchos en los debates y permite que la información camine con mayor libertad, así también conviene pensar dos veces antes de caer en la tentación de hacer clic y propagar una mentira. No nos engañemos: por moderno que suene no es “posverdad”, es mentira.

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