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Hay destinos que parecen marcados por el demonio.
Y el de muchos niños de Riosucio en el Chocó está cantado: si logran sobrevivir al hambre, terminarán en alguno de los grupos ilegales que se alimentan de la pobreza. Por eso el sueño de Kevin, un niño hermoso de piel negra brillante que dice, en medio de una sonrisa inmensa, que no quiere ser pandillero sino futbolista, me retumba en la conciencia. Me duele su sueño porque las apuestas van en su contra.
Conocí su anhelo en una crónica radial hecha en el marco de una visita de la Patrulla Aérea Civil a ese municipio en las entrañas del Chocó. Médicos especialistas que atienden en clínicas de Bogotá pasaron allí un fin de semana en un esfuerzo voluntario inmenso para tratar de paliar en unas horas los desastres acumulados en décadas de abandono. Un gran trabajo que se queda pequeño ante tanta miseria.
Según el Instituto Nacional de Salud, en lo que va corrido del año 174 niños menores de cinco años han muerto con signos de desnutrición. Se investiga si esas muertes están directamente relacionadas con esa falta de alimentación adecuada. Pero no hay que ser forense para saber que sí están ligadas a la pobreza. De esos niños, 15 murieron en Riosucio, Chocó, en el mismo municipio en donde nació y crece sin esperanza Kevin, el niño que quiere ser futbolista y no pandillero.
Pero las cifras de nuestros niños muertos y desnutridos no impactan ni importan. La muerte de niños por desnutrición se nos está volviendo paisaje, y si eso ocurre es que de verdad no tenemos ningún futuro. No lo digo por ellos que no lo tienen, lo digo por este país que vive anestesiado ante su propia miseria. Si nos dejan de doler, si se convierten en estadística fría y motivo de debate porque “no son tantos y las cifras son menores”, como en algún momento refutó el Gobierno, es que ya mejor “apague y vámonos”, como dice el comentario popular.
Es difícil decir algo distinto, dar argumentos, organizar razonamientos cuando la realidad es tan contundente que no necesita adjetivos. Toca repetir y decir lo mismo una y otra vez hasta que un milagro se produzca y pase algo.
Niños que se mueren de hambre y mientras tanto todos, me incluyo, metidos en debates absurdos. Dice nuestra Constitución del 91 en su artículo 44 que “los derechos de los niños prevalecen sobre los derechos de los demás”, pero eso es letra muerta mientras tengamos niños muriendo por desnutrición, por falta de agua potable, sin futuro, sin espacio para los sueños.
Si Kevin, que quiere ser futbolista y no pandillero, sobrevive al hambre, tendrá que sortear otra batalla, porque en su puerta lo espera la violencia. Por eso él es claro no solo en lo que quiere ser cuando grande, como dicen la mayoría de los niños, sino que además precisa lo que no quiere ser. Y lo que no quiere es lo que ve en su pueblo todos los días, lo único que le ofrece el destino: una pandilla para conseguir el camino al dinero fácil y que lo llevará también a alguno de los grupos ilegales que operan en la zona. La sigla es lo de menos, lo grave es que sea cual sea el grupo, será sin duda otro capítulo de su desgracia.
No se necesita contratar expertos que cobren millones de las arcas del Estado para saber que es urgente hacer algo por el destino de Kevin y de miles de niños como él, con hambre y sin futuro. Hacer algo que no sea lo de siempre: grandes anuncios, grandes planes de mediano y largo plazo. Algo de choque, algo ya, algo que le salve la vida a este niño. A nuestros niños.
Qué vergüenza tengo hoy por la responsabilidad que me cabe por no decir más, por no mostrar más, por no denunciar más lo que pasa en esa Colombia abandonada a donde no llegan ni el agua ni la comida y los sueños de los niños están condenados a muerte.