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Petro: ¿ángel o demonio?

Yolanda Ruiz
28 de octubre de 2015 – 09:00 p. m.

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Es tiempo de mirar hacia adelante, pero no sobra sacar lecciones de lo que está por terminar y evaluar el fenómeno Gustavo Petro, que deja huella en Bogotá.

Son muchos y graves los errores que ha cometido el alcalde, pero también son muchos los proyectos que ha liderado y que han cambiado la vida de manera positiva a algunas comunidades de la ciudad. Quizá Petro no es tan buen alcalde como él o sus adoradores creen, ni tan nefasto como los enemigos lo pintan.

Sin embargo, este es un país que tiende a mirar todo desde polos opuestos, sin matices, y por eso es difícil evaluar con ponderación. Aquí todo se mide en términos de héroes o villanos, ángeles o demonios. Lo cierto es que todo líder es un ser humano con virtudes, defectos, aciertos, errores.

El problema es que en un funcionario de tan alto nivel las consecuencias de los defectos se multiplican, y a Petro lo traicionó un rasgo de su personalidad nefasto a la hora de gobernar: la arrogancia. Se equivocó de manera grave el alcalde al despreciar a sus críticos y al cerrarse a las opiniones distintas y se equivocó al considerar que lo eligieron para ser alcalde de un segmento de la población.

Un alcalde es un gerente de toda la ciudad, en donde conviven muchos: en Bogotá hay indigentes y muchos pobres, pero aquí también hay ricos, ambientalistas, empresarios, jóvenes emprendedores, madres solteras, pequeños negociantes y más. Un buen alcalde entiende que su gestión debe ir en beneficio de todos, no sólo de las minorías o de unos estratos.

Por supuesto que los más vulnerables requieren más atención del Estado y se les debe dar prioridad, pero considerar que el resto de la población no es su problema es un error fatal que le costó demasiado al alcalde y, sobre todo, a la ciudad. La negligencia frente a la movilidad de los vehículos particulares es un ejemplo de esto. Aunque se entiende la necesidad de estimular el uso del transporte público, basta con mirar las calles a cualquier hora para entender que el trancón diario es un problema que no da espera.

En la otra orilla se equivocaron los que vieron a Petro como un enemigo a derrotar desde el comienzo. Por increíble que parezca, y algunos ni lo recordarán, muchas críticas, tanto de sectores gremiales y empresariales como de columnas y editoriales, comenzaron a llegarle antes de que asumiera el cargo. Intentar obstaculizar la gestión de un alcalde porque es de izquierda, porque no nos gusta o por la razón que sea, es como escupir para arriba. La única que ha sufrido con esta polarización es la ciudad.

La gestión del alcalde deja mucho que desear en movilidad y planeación, pero hay avances en lo social, en la inclusión de los más pobres y olvidados. Madres que por primera vez tienen donde dejar a sus hijos mientras trabajan de noche, familias que han tenido acceso a servicio médico en su casa, son realidades de la misma gestión. Llueven las críticas porque no avanzaron en Bogotá los proyectos de vivienda, pero aplauden los animalistas porque Petro se la jugó por la vida, como prometió en campaña.

En las urnas los bogotanos le cobraron a Petro los errores: su bancada en el Concejo quedó en una mínima expresión y Clara López, a quien los progresistas dieron su respaldo, se quedó en el camino lamiendo las heridas porque tuvo que pagar no sólo por la administración que termina, sino también por la anterior y por los errores de una izquierda que terminó haciendo en el poder mucho de lo que tanto ha criticado.

Son sanas la oposición y la veeduría frente a los administradores públicos, pero la batalla que se declararon Petro y amplios sectores de la ciudad se pasó de la raya y Bogotá ha pagado un costo demasiado alto. Al mirar hacia adelante ante la expectativa de una nueva administración, no sobra rescatar las lecciones de esta guerra que, como todas, ha dejado más dolor que victorias.

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