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Es posible que los millennials no tengan claro lo que significa la expresión “se le pegó la aguja”. La usábamos los que crecimos escuchando música en discos de vinilo cuando la aguja que se encargaba de leer los surcos que traían la magia del sonido comenzaba a brincar y se repetía una y otra vez el mismo acorde o la misma palabra. El disco estaba rayado o la aguja se pegaba. Es buena metáfora para describir lo que pasa con el debate público en Colombia. Se nos pega la aguja con asuntos que se vuelven emblemáticos, aunque al entrar a analizarlos con cabeza fría no son en realidad de tanto calado como parecen por la cantidad de tiempo que les dedicamos. Es lo que nos pasa por estos días con el caso Santrich: se nos pegó la aguja.
Mientras en el país grandes problemas de fondo no logran convocar a la prensa, a los líderes ni a las audiencias, estamos dedicados a un personaje sobre quien pesa una acusación y una solicitud de extradición. Ni es el único ni es el primero en esas condiciones. Con seguridad no será el último, pero por cuenta de los intereses políticos quedó convertido en el caballito de batalla para todos los debates. Su imagen es también la evidencia de que nos quedamos con la aguja pegada entre los del Sí y los del No en el plebiscito. De poco sirvió que luego se sentaran los voceros de lado y lado a buscar nuevos acuerdos, porque es como si esos ajustes no se hubieran hecho y seguimos en las mismas. Mientras vivimos en el pasado y nos dedicamos a escudriñar la vida y milagros del que tal vez delinquió y de otros que no aparecen y deberían salir ya del proceso, no vemos a los 10.000 exguerrilleros que siguen firmes cumpliendo lo pactado.
Si no logramos pasar esa página y encontrar causas de país que estén por encima de eso, podemos comprometer el futuro de todos. La economía se puede resentir, como dijo el gerente del Banco de la República, y lo peor es que hay sectores extremos interesados en que sigan la guerra y la violencia porque viven de eso, porque ese es su negocio. Mientras la aguja sigue pegada, tenemos toneladas de basura inundando las playas de Puerto Colombia y cuando comienzan a limpiar notamos que buena parte de los desechos son árboles talados que evidencian un arboricidio aguas arriba en las riberas del Magdalena. Eso es una tragedia monumental. Mientras la aguja sigue pegada, no definimos cuál es el país que queremos en materia de desarrollo sostenible y dejamos que los municipios y la nación se trencen en batallas jurídicas.
Mientras la aguja sigue pegada, asesinan niños todos los días. Mientras la aguja sigue pegada, la Contraloría alerta por nuevas denuncias en el Plan de Alimentación Escolar. Lo he dicho mil veces y lo repito: si no logramos poner a los niños primero, como manda la Constitución, todo lo demás se queda sin sentido. ¿Habrá algo más grave que no poder garantizarles su seguridad, su comida, su futuro? El indignómetro alcanza apenas para la feria de lamentaciones en redes porque la aguja sigue pegada en el mismo tema una y otra vez.
Estoy convencida de que en todos, todos los sectores hay líderes con buenas intenciones que de verdad quieren trabajar por un mejor país. Sin embargo, los que suelen llevar la batuta y nos pegan la aguja son los expertos en calentar los ánimos, polarizar y no avanzar, porque eso da réditos políticos y estamos en año electoral. Los medios de comunicación y los ciudadanos deberíamos buscar y potenciar a esos líderes sociales y políticos que con discreción hacen la tarea, lanzan propuestas, intentan construir y avanzar. Esos liderazgos que aportan son los que necesitamos en este punto y hora para levantar el brazo que tiene la aguja pegada y poner a sonar otra música, a otro ritmo y de otra manera. Que la música suene hacia adelante y no con el disco rayado del pasado.
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