Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
SÍ, SÍ, SÍ, TAMBIÉN YO ME SENTÍ SAtisfecho de estar en la fila y de canjear saludos con el asombrosamente cortés personal de mi mesa de votación y con los muchos ciudadanos de mi deliciosamente multicultural vecindario de Washington.
También uso todavía en mi solapa la etiqueta engomada con las garbosas palabras “yo voté”. Y sentí que era bastante fácil emitir un voto para informar al partido Republicano, por el cual recomendé votar en el 2004, que no intentara nuevamente ninguna de sus triquiñuelas. No más tácticas a lo McCarthy; no más de esas tretas de intentar abandonar el primer debate entre candidatos presidenciales —como hizo el senador McCain— a fin de ir a votar para salvar a Lehman Brothers. No más baboseos defendiendo el fundamentalismo cristiano; no más insinuaciones de que únicamente aquellos lo bastante estúpidos como para apoyar a los republicanos eran los “verdaderos americanos”. No más expresiones de burla y desprecio a San Francisco como si no fuera una verdadera ciudad norteamericana. McCain y su absurda compañera de fórmula tendrán simplemente que creer en un más allá para sobrevivir a la vergüenza de lo que intentaron hacer este año en el más acá.
Pero posiblemente hubiera votado lo mismo por ellos, poniéndome un broche en la nariz al ir a votar, aunque solamente hubiera sido por la crucial batalla para concretar un Irak libre y un Kurdistán autónomo. Y, en ese caso, me hubiera molestado la sugerencia de que mi voto era racista.
“Histórico”, anunciaba el titular de The Guardian, mi periódico favorito de la mañana. (Por favor, si son tan amables, sólo les pido que me informen de las noticias.) ¿Habrían sido tan grandes las letras para la primera mujer vicepresidenta? ¿Y no es ya histórico que millones de cristianos blancos votaron, para ganar o perder, por un hombre con un padre nacido en Kenia que fue criado como musulmán? Así que no exageremos. Y si usted piensa que la prensa y los medios de comunicación estadounidenses han caído en la adoración, simplemente dedique un segundo o dos a analizar las versiones en el extranjero. En la noche de las elecciones pasé cierto tiempo en la televisión británica y luego en la australiana, dando declaraciones. Y por expresar unas pocas dudas suaves sobre el nuevo presidente electo, me recordaron, en un caso, que los primeros 16 presidentes (creo que fue así) de los Estados Unidos podrían haber sido dueños de Barack Obama. En el segundo caso fui informado que hace solamente 40 años a Obama no le hubieran permitido votar en las elecciones, para no mencionar el hecho de ganarlas.
Bueno, resulta que nuestro nuevo presidente no tiene alcurnia de esclavo. Y ninguna rama de su linaje podría haber sido propiedad de nadie, o al menos de ninguna persona nacida en Estados Unidos. (La esclavitud administrada por los musulmanes, sin embargo, es una vieja historia en África, como también horriblemente contemporánea). Y había varios representantes negros norteamericanos hace 40 años, aunque solamente en los estados norteños. La objeción que hago es por consiguiente doble. Primero, la elección de Obama es el efecto, y no la causa, de los cambios. Segundo, una victoria republicana no habría tenido absolutamente efecto alguno en la situación legal o política de los norteamericanos negros. Forma parte de las leyes y de la Constitución, y no puede ser deshecha por ningún voto o plesbicito efímero.
El reconocimiento de estos obvios puntos debería alertarnos sobre un peligro relacionado, que es familiar cercano de la euforia y de la histeria. Quienes piensan que han votado para legalizar la Utopía (y no exagero al decir esto: ¿han estado leyendo los lacrimosos comentarios de nuestro commentariat?), se están preparando para una desilusión que dudo mucho se atribuirán a ellos mismos. Esos comentaristas deben saber que el Tesoro Nacional de Estados Unidos es una bóveda que resuena con múltiples ecos, desde que ha quedado vacía. Nuestros enemigos rusos e iraníes están actuando inclusive con más soberbia ahora que sienten el repudio hacia la pareja Bush-Cheney; las colas de desempleados y desalojados de sus viviendas se va a prolongar, y no pienso que una dieta de esperanza las va a hacer desaparecer. Ni siquiera una dieta de audacia, aunque ¿puede usted imaginar algo menos audaz que las figuras grises, de sálvese-quien-pueda que han sido elegidas por Obama para integrar su equipo?
Ahora se quiere propagar la idea de que si retornáramos a la época de la esclavitud, toda persona blanca estaría automáticamente del lado de los esclavos negros y contra los racistas blancos. Pero toda la evidencia apunta en sentido opuesto: Abraham Lincoln denunció de manera estridente a John Brown, el blanco que se alzó en favor de los esclavos. Y en cuanto a John F. Kennedy (miembro de la última joven y linda familia que ocupó la mansión ejecutiva) se sintió avergonzado y molesto por la Marcha de Washington liderada por Martin Luther King. En otras palabras, hay algo indoloro y de auto congratulación en relación a la marejada de Obama. Esto ha pasado antes, por supuesto, con el bombo que se dio a la “Nueva Frontera”, a la “Gran Sociedad” y al “Nuevo Amanecer en Estados Unidos”. El problema es que esta vez es menos asequible. Hay muchas hipotecas de alto riesgo y otras muestras de horror producto de los derivativos tóxicos que han destruido nuestra confianza en el crédito. Pero un modo mejor de definirlo sería decir que a todo el mundo se le prometió algo, y que casi todo el mundo se dejó atrapar por el cebo populista.
Todavía más preocupante, hay enemigos feroces que operan desde Estados al margen de la ley, y cuya influencia es cada vez más grande en todo el mundo (uno de los episodios más deleznables de la campaña republicana fue su intento de calumniar al senador Joe Biden, candidato a la vicepresidencia demócrata, por su honesto intento de señalar los desafíos que enfrentará el próximo presidente en este tópico). Pese a ello, muchos de los que votaron por Obama parecen suponer que es suficiente el encanto y el atractivo personal del presidente electo para obviar esas fuerzas hostiles y esos hechos desagradables. No estoy en condiciones de sumarme a ese acto de fe, y no estoy dispuesto a aguantar ninguna indirecta acerca de mi incapacidad para hacerlo.