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LA COPA DE CHINA SE DERRAMÓ. LA olimpiada es un hito en la historia china, una celebración del retorno del Reino Medio a la grandeza internacional tras casi dos siglos de letargo y humillación. Sin embargo, la Olimpiada podría terminar siendo el segundo suceso de mayor importancia en China este año.
La dirigencia china y el gobierno tibetano en el exilio han discutido con toda delicadeza la posibilidad de una visita por parte del Dalai Lama a China, nominalmente para conmemorar a las víctimas del terremoto que ocurrió en la provincia de Sichuán en mayo. Esa sería la primera reunión entre el Dalai Lama y líderes chinos en más de 50 años, al tiempo que daría gran ímpetu con miras a resolver la cuestión tibetana.
En parte, la oportunidad surge debido al reconocimiento público que hizo el Dalai Lama por primera vez, la semana pasada, en cuanto a que podría aceptar el mandato del Partido Comunista para Tíbet. Previamente, el Dalai Lama al parecer había exigido algo similar al modelo “un país, dos sistemas”, de Hong Kong, y su concesión fue una valiente señal de su anhelo por alcanzar un trato con el gobierno chino.
“El Dalai Lama ha dado el valeroso paso que grandes líderes políticos dan en cruciales puntos decisivos de la historia”, dijo Melvyn Goldstein, prominente historiador del moderno Tíbet y catedrático en la Universidad Case Western Reserve. “Después de más de 20 años de atolladero, el Dalai Lama, ante un gran riesgo a su estatura tanto en Occidente como entre tibetanos exiliados, claramente le ha enviado una señal unilateral a Beijing en cuanto a que él ahora está listo para aceptar la clase de difícil concesión que se necesita para resolver el conflicto”. “Por primera vez en décadas, ahora la reconciliación es genuinamente posible”, agregó Goldstein.
Desde ese momento, el Dalai Lama ha sido censurado por muchos tibetanos que piensan que él ha sido demasiado conciliador hacia China. El presidente Bush y otros dirigentes deberían elogiar su valor para dar un paso tan difícil hacia la reconciliación.
El gran interrogante ahora gira en torno a saber si China responderá o no con su propia rama de olivo. En una conferencia de prensa del Ministerio del Exterior, efectuada este miércoles, uno de los portavoces, Qin Gang, solamente dijo: “Nuestra posición y política con respecto al tema relacionado con Tíbet es claro y persistente. Nosotros no solamente deberíamos tomar en cuenta lo que el Dalai Lama dijo, sino lo que ha hecho. Necesitamos ver una acción concreta”.
Eso fue menor a una efusiva bienvenida, pero estuvo mejor que otra denuncia refleja del Dalai Lama. Yo percibo que funcionarios del gobierno chino están esperando las direcciones de su propia alta dirigencia.
Si el presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao responden con su aprobación, particularmente si le dan seguimiento a una visita por parte del Dalai Lama en noviembre, cuando se cumpla el sexto mes desde que ocurrió el sismo en la provincia de Sichuán, entonces ellos quizá podrían resolver el problema de Tíbet que ha perseguido tenazmente a todos los líderes comunistas del pasado. Como una de las primeras medidas, ellos deberían tomar el control del portafolio de inversiones de Tíbet de manos del Departamento del Trabajo Frente Unido, para que de esta forma puedan proceder conversaciones de alto nivel entre el Dalai Lama y ya sea Hu o Wen.
Algunos funcionarios chinos creen que la mejor estrategia para lidiar con Tíbet radica en esperar hasta la muerte del Dalai Lama. Sin un líder, piensan, los tibetanos serán más obedientes… pero ese es un cálculo errado que podría ser catastrófico.
Por el contrario, el Dalai Lama, quien tiene 73 años de edad, está conteniendo a los tibetanos, y él mismo habla un poco de chino y tiene raíces en China de una forma que no se da entre exiliados tibetanos más jóvenes. Una vez que él ya no esté, grupos más radicales –incluido el Congreso Juvenil Tibetano– ganarán influencia y muchos frustrados tibetanos, quedando solos, probablemente recurran a la violencia.
Este año, Hu participó en una audaz diplomacia a fin de restarle fuerza a las tensiones tanto con Japón como con Taiwán. La voluntad de China para sondear al Dalai Lama con respecto a una visita para conmemorar a las víctimas del terremoto es un rayo de esperanza para un esfuerzo de comunicación similar con los tibetanos. Estados Unidos no puede hacer mucho para ayudar –esto se tiene que arreglar entre el Dalai Lama y la dirigencia china– pero sí podemos hacer más por fomentar ese proceso y llevarlo a un nivel superior.
Dirigentes de Occidente, Bush incluido, han participado mayormente en la política del simbolismo con respecto a Tíbet –fotografías coreografiadas con el Dalai Lama, emitiendo protestas o pronunciamientos por conversaciones entre China y Tíbet que, como todos saben, no llegarán a ninguna parte–. Lo que nos hace falta es menos simbolismo y más peso pesado de tipo diplomático, enfocado a un arreglo práctico de la cuestión tibetana.
El presidente Hu y el primer ministro Wen se están deleitando en la buena voluntad a raíz del manejo que le dieron a la Olimpiada, percibida hasta ahora como un triunfo para China. Si ellos también pueden traer nuevamente al Dalai Lama a China en noviembre y crean un trato para resolver el futuro de Tíbet, eso sería un logro incluso más monumental. Está en sus manos.
Columnista de ‘The New York Times’, dos veces ganador del Premio Pulitzer.c.2008 – The New York Times News Service.