
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Aunque las últimas encuestas que se podían publicar daban la victoria a quienes desean rechazar la propuesta de nueva Constitución en Chile, que se vota mañana, sería un error para el país desperdiciar el complejo proceso social que se inició con las protestas de 2019. El texto propuesto tiene algunas ideas utópicas y difíciles de cumplir, pero en el corazón es una apuesta por crear un Estado moderno, conectado con las necesidades de la emergencia climática y capaz de reconocer la diversidad en un país donde muchas veces se ha perseguido a lo diferente. También es un modelo de Constitución para el mundo pospandemia, que puede servir de referente para otros países de la región que necesitan mejorar sus pactos fundacionales.
Hubo errores y extralimitaciones, eso es necesario reconocerlo. Como la centroizquierda y la izquierda tenían suficientes miembros en la Convención Constituyente para aprobar las propuestas que desearan sin participación de la derecha, se sucumbió a la tentación de hacer un texto que, más que un consenso, se siente como la victoria de una visión política particular. Eso, en la construcción de una Constitución, es un error, pues necesita el apoyo de toda la población. Algo que ha garantizado la legitimidad de la Constitución de 1991 en Colombia fue que, con todas sus apuestas, se sintió como un acuerdo de todas las fuerzas políticas. Eso, sin duda, ha fomentado la campaña del rechazo al nuevo texto en Chile.
Empero, también hay que decir que las trampas de la democracia han estado presentes estos meses de campaña por la Constitución. Desde el sector que no quiere cambiar de texto se han promovido temores infundados de expropiación, ideología de género y hasta de abortos caprichosos. El juego sucio ha sido el común denominador, a punta de la desinformación sobre un texto que de por sí es difícil de entender. Habrá que ver si el porcentaje de indecisos se deja seducir por los miedos que se impulsan desde sectores de la derecha.
Sería una lástima, en todo caso, que todo el proceso termine en un rechazo. Primero, porque el poder simbólico de cambiar una Constitución expedida bajo la dictadura de Augusto Pinochet es clave en un país que es referente democrático para toda América Latina. Segundo, porque la nueva Constitución sí tiene aciertos, como retomar la propiedad pública del agua, garantizar el acceso a una vivienda digna, reformar el sistema de salud y el de pensiones —que han generado desigualdad a pesar de ser un país tan rico—, reconocer a los pueblos nativos en su autonomía y construir un abanico de derechos para proteger el hecho de que Chile es un país diverso.
Habrá asuntos por aclarar, especialmente en términos de su viabilidad económica. Pero las constituciones son una hoja de ruta, un compendio de principios y de sueños en conjunto, una propuesta de lo que puede llegar a ser un país. A pesar de sus errores, la nueva Constitución chilena sería un avance no solo para ese país, sino para la región. Si este domingo triunfa la opción Apruebo, se abrirá la puerta para conversaciones muy interesantes.
¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a elespectadoropinion@gmail.com.
Nota del director. Necesitamos de lectores como usted para seguir haciendo un periodismo independiente y de calidad. Considere adquirir una suscripción digital y apostémosle al poder de la palabra.