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Ahora, el Eln

Todo está listo: la guerrilla del Eln liberó en el sur de Bolívar al ciudadano canadiense Gernot Wober, la condición que tenían enfrente para iniciar un diálogo sobre la paz con el Estado colombiano. De ahí en adelante, el Gobierno tenía la palabra.

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Y habló: un día después, el presidente Juan Manuel Santos dijo que estaba listo para iniciar los diálogos. Conversaciones que tendrán que ser, por supuesto, distintas a lo que son las que se adelantan con las Farc: esta guerrilla es diferente, tiene una visión del país (y de la guerra) distinta, con ideales muy alejados y a veces contrapuestos. Siempre fue un error pensar que podían compartir la misma mesa. Aprendizajes sí ha tenido el Gobierno en esta experiencia.

Este sería el séptimo intento de los guerrilleros del Eln para acercarse a un Gobierno, en 48 años de existencia. Ojalá sea el último porque, como no nos cansaremos de repetirlo, ya va llegando la hora de que dejemos de matarnos entre nosotros mismos. Llegó la hora de dejar de defender nuestras propias ideas a balazos. Mucho mejor sentarnos a dialogar por un mejor país posible.

Ya se sabe mucho de la forma del proceso. Todo apunta a que Uruguay sea la sede de las conversaciones, pero no se descarta que puedan ser Brasil o Bolivia. Ya hubo contactos, es obvio, casi por la misma época en que empezaron los de las Farc. A través de guerrilleros presos, conversaciones con desmovilizados o ciudadanos cercanos, intermediarios que dieron, por fin, con los comandantes del grupo.

Que hablen, pues. Y que refrenden lo acordado, como parece ser la petición más reiterada del Eln a través de su historia: ellos quieren, de una vez, una participación amplia de la sociedad, a través de una convención nacional que tenga sobre todo representación del campo: el lugar de donde vienen y de donde proviene toda su lucha. Suena bien. Los negociadores sabrán cómo y en qué momento hacer este tipo de acercamiento, para nutrirlo de la sociedad, cosa que es más que necesaria.

Los asuntos a tratar saltan a la vista: la minería, la soberanía nacional, el uso de la energía… Pero aquí debe saberse de entrada otra cosa: lo que se discute no es un modelo de Estado, sino de Gobierno. No va a cambiar Colombia de la noche a la mañana porque los guerrilleros se sienten a exigir las cosas que han pedido desde hace cinco décadas. Pero pueden dejar insumos, pueden dejar propuestas, pueden llegar a consensos sobre cosas fundamentales y, luego, salir a las urnas y vendérselos a la ciudadanía.
Es importante que, sin perder su capacidad negociadora, el Eln sepa que está negociando frente a un país herido por la guerra, que le está hablando a una sociedad que no soporta más el correr de la sangre por el territorio. Esto es, probablemente, lo que les ha faltado a las Farc en el proceso que adelantan en La Habana.

Desde Simacota, Santander, en 1965, el Eln ha dado de qué hablar. Es una guerrilla muchísimo menos mediática que las Farc, que tiene probablemente inclinaciones ideológicas mucho más radicales, marcadas por lo que en su momento fue el contexto político mundial. Se ha ensañado, por ejemplo, con la infraestructura petrolera, diciendo que era una muestra de inconformidad con el capital extranjero.
Ha dado de qué hablar, sí, y ha hablado, con varios gobiernos, en varios momentos de su propia historia. Llegó la hora de sentarse, hablar y conciliar. Llegar a un acuerdo para dejar de dar bala clandestinamente en el campo colombiano. Sea, pues.

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