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Momento para la mesura

REZA EL ADAGIO POPULAR QUE tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe. Las relaciones colombo-venezolanas venían sufriendo un creciente deterioro que concluyó con su rompimiento, anunciado por Hugo Chávez, luego de que nuestro Gobierno presentara ante la OEA pruebas de la presencia de las Farc y el Eln en territorio del país vecino.

24 de julio de 2010 – 06:59 p. m.

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Fuera de hacer un perentorio llamado a la mesura, hay que preguntarse si los hechos ameritaban llegar hasta esta indeseable situación. 

No cabe duda de que el presidente Álvaro Uribe tiene la responsabilidad, como máximo garante de la seguridad de todos los colombianos, de salvaguardar la integridad territorial ante las señaladas incursiones de miembros de la guerrilla, desde territorio venezolano, para regresar luego a sus campamentos con la tranquilidad de que no serán perseguidos. Las pruebas presentadas así lo evidencian. De ahí que los graves señalamientos hechos a Caracas por su laxitud, cuando no connivencia, con los grupos irregulares ameritaran una acción gubernamental. Sin embargo, quedan muchas preguntas y dudas por resolver sobre el manejo dado a la situación y las consecuencias que se pueden derivar.

Si la presencia guerrillera en Venezuela es un tema conocido, así se trate ahora de hechos más recientes, por qué levantar el tema a pocos días de la terminación del mandato Uribe, y justo cuando el presidente electo, Juan Manuel Santos, anuncia un acercamiento hacia los vecinos explorando nuevos canales de diálogo directo. Como sea, en adelante  arranca de cero, y en ello, según y como iban las cosas, puede haber nuevas oportunidades.

De otro lado, en la diplomacia suele ser tan importante el fondo, como las formas, así el presidente Uribe piense lo contrario. Por este motivo la presentación de Colombia en la OEA evidenció ciertas falencias. Se hubiera podido postergar la reunión y no llegar al rompimiento. Al parecer varios países buscaron adelantar consultas diplomáticas y encontrar una solución negociada, pero Colombia insistió en seguir adelante pues gravitaba el temor de que el tema fuera desviado hacia Unasur, donde Chávez juega de local. La presentación del embajador Luis Alfonso Hoyos, con las pruebas de fondo, fue demasiado extensa y con un lenguaje innecesariamente coloquial, lo que le restó contundencia. Lo anterior dejó la duda de si ésta se dirigía a los embajadores o a la audiencia colombiana. Adicionalmente, al parecer no se “cocinó” mediante consultas y negociación previa la propuesta de crear una Comisión de Verificación in situ. Fue así como no se apoyó en el foro la propuesta de Colombia y, por el contrario, la temeraria jugada de Hugo Chávez —peligroso escapismo para sus acuciantes problemas internos— desvió el interés mediático hacia el rompimiento de relaciones restándole peso a las acusaciones de nuestra delegación.

¿Consecuencias? En lo inmediato todo parece indicar que tendremos más de lo mismo. Es decir que tras el congelamiento de las relaciones comerciales y políticas desde hace un año, ya el deterioro ha sido palpable con los preocupantes resultados de disminución del comercio bilateral en cerca de US$4.000 millones, y la agudización de las fricciones en la zona fronteriza.

El daño, desafortunadamente, ya está hecho. Le corresponde ahora al presidente electo, y, en especial, a su canciller designada, María Ángela Holguín, hacer gala de la experiencia y conocimiento que la acompañan para recomponer una relación vital para los dos países. Lo prudente es obrar con sindéresis y cabeza fría, pues aquí están en juego aspectos demasiado sensibles como para permitir que, justo en época de la celebración conjunta del Bicentenario de la Independencia, el conflicto sea la respuesta a una hermandad que, con altibajos, ha sido forjada a lo largo de mucho tiempo.

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