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Si en el año 2007 la cifra de muertos ocasionados por el narcotráfico no pasó de los 2.700, sólo entre enero y agosto de 2008 la cifra ascendió a 3.200 personas. Agosto, el que era el mes más dramático de todos, con cerca de 550 muertos, fue desplazado por noviembre con sus 943 asesinatos. De manera extraoficial, el influyente periódico El Universal informaba de un total de 5.160 crímenes registrados desde principios de 2008.
Junto a lo impactante de las cifras, los métodos empleados son elocuentes sobre el nivel de degradación que ha asumido la confrontación entre bandas y entre bandas y fuerzas del orden. El 24 de diciembre dos personas fueron decapitadas y 7 murieron de forma igualmente violenta. A principios del mismo mes, 12 cuerpos decapitados fueron encontrados a lo largo de una avenida. De éstos, siete fueron identificados como militares. Un desolador mensaje les acompañaba: “Esta es una de cal por dos de arena… Por cada uno que me maten, les vamos a matar a diez”. Se sabe también de ejecuciones colectivas, balaceras y secuestros.
Es más, el 15 de septiembre, día de la independencia de México, dos granadas fueron detonadas en la ciudad de Morelia. Ocho civiles murieron y más de cien resultaron heridos. Desde entonces la zozobra es total. Por primera vez el ataque estuvo dirigido, de manera deliberada, contra la población civil. El terrorismo, creen los expertos, parece haber entrado a México.
Entre tanto, la lucha que libra el presidente Calderón contra el narcotráfico, tras asignar 7.000 policías y 30.000 soldados, no ha sido necesariamente bien recibida por el pueblo mexicano. Una parte de la población le sigue siendo fiel al ex candidato a la Presidencia Andrés Manuel López Obrador. Las pugnas entre partidos son de todos los días, lo que en un país federal dificulta la posibilidad que tiene el propio Presidente se hacer acuerdos y retomar el monopolio estatal de la fuerza.
Voces autorizadas cuestionan, y no sin razón, el esquema tradicional con que Estados Unidos, de donde provienen las armas que alimentan la belicosidad de los carteles, pretende erradicar el problema de la droga. Pese a la lista de decomisos, extradiciones y militares incorporados en el control de los territorios, la violencia no cesa. Como tampoco lo hacen el consumo y la cantidad de hectáreas de droga cultivadas y comercializadas. El esquema punitivo, sin más, se está reforzando, tal y como quedó corroborado este año en la Cumbre realizada en Cartagena de Indias. La “Declaración de Cartagena”, que viene a ser el marco con el que se diseñarán las políticas conjuntas contra la droga, se limitó a repetir lineamientos inflexibles y represivos contra el cultivo, la producción y el consumo de drogas.
Difícil negar que México atraviesa un mal momento y que es preciso un enfrentamiento con el crimen organizado. Difícil no aceptar, sin embargo, que la lucha contra éste ha degradado el conflicto interno del país. Colombia, sobra decirlo, conoce mucho del tema.