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Descalificar la idea porque entre el grupo de integrantes se incluyó una serie de “personajes foráneos”, como reza la carta del ex presidente, tiene cierto sabor chauvinista y desconoce el alcance y el propósito de la iniciativa, hasta donde es posible conocerlos de las explicaciones del Canciller.
Lo dicho por el ex presidente Pastrana tiene cierto mérito, a pesar de que sus argumentos inducen a la confusión. La Comisión Asesora no es un órgano académico, de manera que pretender que el grupo de ex presidentes, ex cancilleres, congresistas y demás personalidades que hacen parte de ella tengan la disposición o el tiempo para sentarse a escribir un documento estratégico sobre la inserción internacional de Colombia, como al parecer es el mandato de la Misión, es por lo menos ingenuo. Lo que sí es cierto es que el Gobierno ha ignorado el papel fundamental de la Asesora, el de generar consenso entre las fuerzas políticas, y ha convertido ese escenario en otro foro de confrontación, como quedó evidenciado en hechos recientes.
La clara motivación política del ex presidente no invalida sin embargo el fondo de su crítica a la política exterior de la era Uribe, que hasta el momento se limitó a orientar toda la gestión internacional alrededor de la supuesta relación especial con los Estados Unidos. El discurso de condecoración de Bush a Uribe, en el que el mandatario estadounidense terminó repitiendo la fórmula uribista de que antes del 7 de agosto de 2002 Colombia era un país al borde de colapsar o convertirse en un narcoestado, es tal vez el último testimonio de la era que termina y que deja a nuestro Gobierno del lado equivocado de la historia y de las tendencias internacionales. Tal vez el presidente Uribe no sea responsable de las palabras pronunciadas por Bush, pero sí de repetirlas en cuanto foro internacional aparece, a veces sin considerar las consecuencias, incluso legales, para el Estado colombiano.
El mundo hoy no es el de la Guerra Fría, pero tampoco el del 11 de septiembre de 2001. El sistema internacional se encuentra en una fase de rápida mutación, con múltiples crisis sucediendo al mismo tiempo: financiera, energética, ambiental, de alimentos. El cambio de guardia en los Estados Unidos coincide con un reordenamiento del sistema internacional, en el que las instituciones creadas tras el fin de la II Guerra parecen obsoletas y están dando paso a nuevos mecanismos ad-hoc (los G-8, G-20, G-24) que reflejan un mundo multipolar y mucho más complejo.
La Misión debería identificar todos estos elementos y proponer respuestas para que Colombia actúe no sólo en defensa de sus intereses, sino también en ejercicio de sus responsabilidades como miembro de una comunidad internacional que está obligada a cooperar para tener posibilidades de supervivencia. No se trata, como dice el ex presidente, de entregar la soberanía a personajes foráneos para que manejen la política exterior, sino de darle una mirada fresca y objetiva al mundo en formación y del cual vendrán retos muy exigentes para Colombia.
Tal vez el Canciller deba precisar de una manera más clara cuál es el mandato expreso de la Misión y explicar mejor de qué manera éste no se interpone en la tarea de la Comisión Asesora —la citación de la misma para este miércoles después de tanto tiempo es oportunidad de oro para hacerlo— ni en la de los otros órganos de coordinación recientemente creados (y necesarios). Pero si la Misión hace su trabajo adecuadamente, las recomendaciones deberían empezar con el planteamiento de cambios profundos tanto en la forma como en el contenido de la política exterior colombiana. Y queda la duda de si un gobierno que lleva seis años dándole la espalda al mundo está en condiciones de seguir las recomendaciones de los expertos, que seguramente concluirán que es necesario un replanteamiento de fondo en nuestra diplomacia.