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Reconocido el 8 de noviembre del año 2003 como Pieza Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, el Carnaval de Barranquilla es la fiesta popular de mayor arraigo en Colombia. Con esta declaratoria, la primera hecha a una manifestación cultural nacional, la propia humanidad reconoció la importancia de este espacio cultural que hunde sus raíces en la fusión de herencias europeas, africanas y americanas del siglo XVI.
Cuentan estudiosos de la génesis del Carnaval que las festividades traídas por los españoles, originadas en arcaicos ritos precristianos del Viejo Mundo, se combinaron con ceremoniales aborígenes y ritos seculares africanos en las entonces localidades de Santa Marta, Mompox y Cartagena.
Vale decir, provincias coloniales en las que el gobierno español y la Iglesia tenían su asiento. Mientras celebraban, grupos marginados como los indígenas y los africanos hacían uso de las licencias obtenidas para realizar, en las mismas fechas, sus propias celebraciones con manifestaciones de agradecimiento a las bondades de la naturaleza y a sus deidades. El resultado: danzas, cantos y parodia de los usos y costumbres del amo español.
El influjo del Carnaval, visto desde un plano que desborda a Barranquilla, ha sido tan vasto y trascendental que hay quienes hablan de una estética de carnaval para referirse a la cultura caribeña. La vida cotidiana del Caribe, si nos aprestamos a la voz de algunos expertos en el tema de las fiestas populares y el mundo de los carnavales, estaría cargada de un potencial carnavalero que llega a su punto de ebullición, como será obvio, en la semana del Carnaval de Barranquilla.
Como espacio de sátira, y haciendo caso omiso del esparcimiento y la diversión, el carnaval tiene una inaudita importancia que quizás no es del todo obvia o no ha sido lo suficientemente reconocida. Más allá del simple jolgorio, el aparente desorden y las altas dosis de consumo de alcohol, el Carnaval les ofrece un momento de catarsis a sus participantes. Quienes asisten, ricos y pobres, acceden a la posibilidad de poner en escena esperanzas y desesperanzas acumuladas de tiempo atrás. En esto el Carnaval de Barranquilla es un ejercicio típicamente democrático. En sociedades tan violentas e inequitativas como la nuestra, tal situación no deja de ser un hecho digno de apoyo. Convergen en él, por lo demás, tradiciones ancestrales que ponen de presente el respeto a la memoria de los mayores.
Toda esta magia cultural que se repite año tras año y que en los últimos años, con la vinculación del sector privado a la financiación y organización del Carnaval, ha logrado aislarlo de las malas influencias politiqueras, tiene en esta ocasión además un contexto de ciudad muy diferente al de muchos años anteriores. Del desgreño y la podredumbre de los dirigentes que se había convertido casi que en un fatalismo del destino en la ciudad, ‘La Arenosa’ ha pasado hoy a vivir una luna de miel con su alcalde, Alejandro Char, quien en el primer año de gobierno ha logrado enfrentarse a muchas de las mafias que habían capturado el poder local y es hoy el alcalde de mayor aceptación en el país. Lo cual, en una ciudad que ya lucía ingobernable, es hoy un motivo más para celebrar.