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Una solicitud enérgica, pero respetuosa, y apenas lógica tras las escandalosas revelaciones del espionaje que contra los magistrados, entre otros, venía haciendo el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), entidad dependiente de la Casa de Nariño.
En un comienzo, la reacción fue enviar al secretario de Prensa, César Mauricio Velásquez, a expresar extrañeza porque en la llamada protocolaria del presidente Uribe para dar la bienvenida al recién elegido presidente de la Corte Suprema de Justicia, Augusto Ibáñez, éste no le hubiera mencionado nada al respecto. Al día siguiente, tras algunos comentarios radiales en el sentido de que la petición no provenía de Ibáñez sino de la rama judicial en pleno, el Presidente leyó un escueto comunicado en el que destacó varias reuniones con las Cortes, “en diálogo presencial, sincero, abierto, constructivo, en busca de la mejor relación institucional con todas las Cortes, para el bien de la democracia colombiana”.
No faltaron quienes lo consideraran como una amable respuesta a la solicitud de la rama judicial y celebraran el tono no confrontacional. El problema es que, con su comunicado, el Presidente eludió el tema, que es el escandaloso seguimiento del DAS a personalidades sin investigación judicial alguna, ni sospecha, sobre lo cual sigue guardando silencio. Al finalizar la semana, es verdad, el presidente Uribe invitó a los firmantes de la carta a una reunión que se habrá de celebrar mañana en la Casa de Nariño. Pero este no es un asunto que se pueda quedar en una conversación privada, sino que exige un pronunciamiento público, tanto más cuando la Fiscalía acaba de llamar a juicio al director del DAS del primer cuatrienio, Jorge Noguera, bajo cargos de asesinato.
Quizás haya sido una infortunada coincidencia, pero es inevitable relacionar esta reticencia a referirse a un escándalo que, como el del DAS, llena de preocupación por el quiebre institucional que representa, con el bochornoso enfrentamiento en Londres del presidente Uribe con un periodista de la BBC que le preguntó si pretendía aspirar a un nuevo mandato. “Otra pregunta, amigo”, dijo el Presidente enérgico. “Estudie la historia de su país y deje la democracia colombiana tranquilita”, reprendió al periodista. Tras varios intentos de reformular la pregunta, interrumpidos por sendos “otra pregunta, otra pregunta, amigo”, el Presidente finalmente dijo: “Por eso, científicos de la política recomiendan que (…) es mejor entenderse directamente con la opinión pública que hacerlo siempre con quienes se creen voceros de la opinión”. Por supuesto, no respondió la pregunta. Que por lo demás no es nada despreciable, pues la ausencia de respuesta es lo que mantiene el ambiente político colombiano en absoluta zozobra desde hace meses.
Resulta paradójico que todo un maestro de la comunicación como el presidente Uribe se niegue a responder cuestiones tan válidas. Claramente, para él y sus colaboradores, la rendición de cuentas se hace con informes televisados, preguntas ciudadanas escogidas, propaganda institucional, páginas en internet y, claro, consejos comunales en los que se tratan necesidades inmediatas, trámites y obras públicas. Pero ese “entendimiento directo” no permite salirse del libreto, no es diálogo sino comunicación de una vía, no es información sino discurso. Bien haría nuestro liderazgo en entender que una democracia no puede darse el lujo de cerrar sus puertas al libre flujo de la información y que todo funcionario debe estar dispuesto siempre a responder las preguntas que surjan, por tontas o equivocadas que le parezcan. Las hagan un periodista que no sea vocero de la masa, los representantes de la rama judicial o un grupo reducido de ciudadanos preocupados por los oscuros caminos que puede estar recorriendo su país.