Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Los hechos de los últimos meses le han mermado sus niveles de popularidad a un 50%, no muy propios para un mandatario en su primer año de gestión. Veamos: una aguda crisis económica cuyas fórmulas de solución propuestas en la campaña todavía no llegan al ciudadano medio, con un acuciante 10% de desempleo. Además, está el controvertido tema de la reforma de salud, en el que Obama ha gastado buena parte de su capital político; la guerra contra el terrorismo en Irak, Afganistán y Yemen; la pérdida de un escaño clave en el Senado para aprobar por mayoría sus proyectos clave de ley; la seguridad vulnerada con el fallido atentado a un avión en diciembre; un déficit fiscal astronómico y, en medio de todo, un país que no quiere escuchar excusas, sino ver resultados.
Con el énfasis en la perspectiva económica, Obama intenta recuperar el apoyo de la clase media y los independientes, al concentrar su artillería en la consolidación de la reactivación económica con generación de empleo. El plan está anclado alrededor de la meta de duplicar las exportaciones en los próximos cinco años, reducciones en los impuestos a las pequeñas y medianas empresas, además de incentivos para la utilización de tecnologías de innovación y fomento a la educación. Ello, complementado con políticas de reducción de impuestos a las clases medias, con el objeto de elevar el consumo; la reforma a la salud, una recomposición del gasto público y la reforma al sector financiero.
El planteamiento económico, observado desde aquí, genera más dudas que certidumbres, pues si bien suena lógico, parece carecer de apoyo político en el frente interno y no contempla las necesidades de otros países, en el externo. Si de verdad se pretende doblar las exportaciones en los próximos cinco años, ello requiere mucho más que la reactivación de una estrategia de profundización comercial que incluye la aprobación de los TLC con Colombia, Corea y Panamá. Lo anterior sólo sería posible a través de una política de debilitamiento del dólar, lo cual también señalaría un período extenso con déficit fiscal elevado y con necesidades de financiamiento externo.
¿Cómo nos podríamos beneficiar nosotros? Entre tantas dudas, la ruta para el país es clara: aprovechar al máximo los beneficios que se deriven del TLC, al cual Obama finalmente dio su apoyo público, y ser muy cuidadosos en lo que tiene que ver con nuestra política cambiaria, ya que un peso más fuerte que el actual significaría resignarse a seguir perdiendo empleos.
En conclusión, Obama agarró el toro por los cuernos, lo cual no le garantiza, necesariamente, que la corrida esté asegurada. Consciente de su realidad política, llamó a los republicanos a apoyarlo en este momento y se declaró optimista frente a los resultados que se van a alcanzar con sus nuevas propuestas. Esa es la nueva apuesta que hace el presidente de Estados Unidos y contra ella está girando un jugoso cheque desde su ya mermado capital político.