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“Es un acto inamistoso frente a la región”. La frase del presidente Iván Duque para referirse a la presencia de bombarderos rusos en territorio venezolano describe con claridad lo que está sucediendo en el país vecino. El dictador Nicolás Maduro sigue jugando con candela al tratar de provocar un incidente bélico entre los dos países para ocultar el desastre en el que ha convertido a su país. Hace muy bien nuestro Gobierno en no caer en las provocaciones.
Este tipo de actos de fuerza, con la participación de Moscú, no ayuda a mantener un ambiente de paz. Es una forma abierta de intimidación hacia Colombia y otros países de la región que no puede ser aceptada. Si el régimen del país vecino desea forzar un diálogo mediante la amenaza, se equivoca de principio a fin. Nuestro país ha sido respetuoso de sus compromisos internacionales en materia de preservar la paz y la seguridad en la región. Lo que no puede decir Maduro. La hambruna generalizada, carencia de medicamentos y la inflación más alta del mundo, dentro de un régimen dictatorial, han generado la mayor crisis humanitaria de América Latina. Crisis que, lejos de disminuir, aumenta. Más de un millón de refugiados aquí así lo atestiguan.
Este es un tema delicado. Un comunicado de la Secretaría General de la OEA denuncia las ilegalidades existentes. Según la Constitución venezolana, la presencia de este tipo de misiones militares debe ser aprobada por la Asamblea Nacional. No la hubo. Además, “Venezuela es Estado parte del Tratado para la Proscripción de las Armas Nucleares en América Latina y el Caribe (Tratado de Tlatelolco), (que prohíbe) el recibo, almacenamiento o posesión de armas nucleares por sí misma o por terceros en su territorio”. De otro lado, “observa con extrema inquietud la participación de capacidades militares de potencias extrarregionales en el hemisferio (…). Actitudes de estas características no contribuyen a la paz ni a la estabilidad continentales”. Por su parte, el secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, dijo que se trata de “dos gobiernos corruptos derrochando fondos públicos y reprimiendo la libertad mientras su pueblo sufre”.
Ante el aislamiento regional, y apoyado únicamente por los gobiernos de Cuba, Nicaragua y Bolivia, Maduro busca aliados a como dé lugar. Los vínculos con Rusia, China y Turquía —países que no se distinguen por sus prácticas democráticas— le dan un nuevo aire a Caracas. Ante la falta de recursos, Pekín y Moscú han dado financiación, asegurándose las debidas garantías petroleras para el pago. Lo anterior sumado a los intereses estratégicos que buscan revivir el juego de ajedrez de la Guerra Fría con un pie bélico en la región. En este último caso, vía operaciones militares conjuntas en la frontera. No hay que olvidar que a partir de marzo de 2019 Venezuela dejará de ser parte de la OEA.
La paranoia de Nicolás Maduro lo hace ver agresiones militares en todas partes. Las acusaciones van y vienen contra Donald Trump, Juan Manuel Santos, Iván Duque o Jair Bolsonaro. En el caso colombiano, el gobierno anterior y el actual han sido claros en que no habrá violación de soberanía de Venezuela desde de nuestro territorio. No puede ser de otra manera. Colombia ha mantenido una postura firme en este sentido y por ningún motivo debería quebrantarse frente a Venezuela. La sola idea de un conflicto bélico entre países hermanos debe ser desechada. De ahí la prudencia y tacto diplomático con los que se debe seguir manejando este espinoso asunto.
En días pasado el expresidente Ernesto Samper criticó, no sin razón, que la actual administración no hubiera atendido solicitudes de comunicación directa con Caracas. Nunca se deben cerrar los canales formales o informales de contacto. Sin embargo, tampoco se puede caer en la trampa de un diálogo que no parta de la buena fe de parte del régimen vecino. El gobierno de Maduro es pródigo en ganar tiempo mediante el engaño, la mentira o la amenaza.
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