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En un evento menos habitual que el paso del cometa Halley, el presidente de la República, Gustavo Petro, y el exalcalde de Bogotá Enrique Peñalosa estuvieron de acuerdo en algo. Más importante aún, el encuentro imprevisto de los opositores se dio sobre una idea del mandatario de los colombianos para subsidiar el transporte público masivo, señal de que se están buscando opciones audaces para revitalizar discusiones que llevan años estancadas. Si esto es señal de que se pueden cruzar líneas ideológicas para sacudir la manera en que entendemos la relación de los colombianos con el transporte, la llegada de los nuevos mandatarios en las elecciones de octubre podría abrir la puerta para acuerdos consensuados y ambiciosos.
La coincidencia entre el presidente y el exalcalde no es más que anecdótica, pero muestra un punto de encuentro importante: necesitamos revolucionar el transporte público masivo. Tanto tiempo hemos perdido en discusiones añejas, como la del metro subterráneo versus elevado, que mientras tanto las ciudades del país han crecido sin tener respuestas para los problemas que aquejan a los habitantes en el día a día. Hoy tenemos sistemas de transporte público que están colapsados, son de baja calidad, se encuentran desfinanciados y tienen serios problemas de colados. Es lo que ocurre con Transmilenio y el Sistema Integrado de Transporte Público en Bogotá, y es el dilema que crece en otras ciudades del país. Lo más frustrante es que no parece haber sobre la mesa debates que ayuden a salir del estancamiento.
Por eso la propuesta del presidente Petro no debe ignorarse. En su cuenta de X escribió: “¿Y si pagáramos a través de una pequeña cuota en la factura de la luz el transporte público cada mes y nos diera derecho a subirnos en cualquier bus todos los días y durante el tiempo que sea?”. Al respecto, el exalcalde Peñalosa, artífice de Transmilenio, dijo que le parecía buena idea, pues “el transporte es un consumo inelástico y no se presta para abusos: se consume lo que se necesita y no más. No porque sea gratis la gente va a pasear todo el día en bus o metro”. Lo que nos parece más llamativo es que se trata de una opción para priorizar, desde una política pública contundente, el transporte público sobre los otros tipos de transporte.
Hay preguntas, por supuesto. Se trata de una idea sin respaldo técnico y sin estudios aún. ¿Es viable financieramente? ¿Las cuentas sí dan o se aumentaría de manera desproporcionada el cobro mediante la factura de la luz? Y tal vez más importante: ¿habría manera de garantizar que los ingresos sean suficientes no solo para la tarifa cero, sino para que haya inversión en el mejoramiento y la expansión de los sistemas de transporte público? No son preguntas menores, pero sí se arranca de un punto de partida razonable que además apunta a la construcción de legitimidad y apropiación del sistema de transporte. Si todos pagamos por él, qué mejor incentivo para cuidarlo y utilizarlo. Porque, y esto es lo que no se menciona en estas discusiones, el futuro próximo de la movilidad en Colombia tienen que estar en los sistemas públicos, no en los vehículos particulares, pues las ciudades y el medio ambiente ya no dan abasto con tanto carro. Es momento de impulsar un nuevo paradigma.
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