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Por ejemplo, en EE.UU., país que alberga el 4% del total de la población mundial pero que produce un cuarto de las emisiones de dióxido de carbono (CO2) del mundo, sólo el 59% de sus ciudadanos cree que la Tierra se está calentando y, de éste, sólo el 34% considera que la causa reside en la actividad humana. Aunque la duda es siempre bienvenida, el problema de tal escepticismo es que retrasa el apoyo político y, por tanto, la resolución del problema. No hay razón para tal condescendencia: la concentración de dióxido de carbono es mayor hoy que en cualquier momento de los últimos 500.000 años y nada permite creer que la tendencia vaya a retroceder de manera espontánea.
Pese a ello, desde la cumbre de Copenhague 2009 quedó claro que la política climática mundial está en crisis. Con todo y las expectativas, aumentadas entonces por la asistencia del presidente Barack Obama y de la canciller Ángela Merkel, el encuentro fue un fracaso: los 190 países no lograron ponerse de acuerdo sobre un convenio que suceda al Protocolo de Kioto y los mayores productores de CO2 —China y EE.UU.— limitaron sus propuestas para la reducción de emisiones. Como consecuencia, los países pobres y en vía de desarrollo sintieron que ellos tampoco debían lealtad a los ahora retóricos pactos. La cumbre de Cancún, que se inició el lunes y durará las siguientes dos semanas, representa un panorama aún más desolador. En ésta, a diferencia de Copenhague, las expectativas de antemano son mínimas. Incluso la cabeza de la Secretaría de Clima de la ONU, Christina Figueres, advirtió contra toda esperanza: “Un acuerdo internacional tampoco se alcanzará en México”. Acuerdo que, entre otras cosas, tendrá mucho más que ver con economía que con ambiente.
“Esta no fue una conferencia sobre el cambio climático, sino la cumbre más importante del mundo económico desde la Segunda Guerra Mundial”, aseguró Ottmar Edenhofer, experto ambientalista, para resumir la pasada cumbre de Copenhague. La síntesis es hoy la misma. Hay que presionar para que el carbón, el gas y el petróleo permanezcan bajo tierra. Es decir, hay que decidir mantener enterrados puntos enteros de la riqueza mundial.
Además de esta dificultad, que supone todo tipo de discusiones sobre justicia y justicia distributiva, la cumbre de Cancún tiene un problema adicional: el Protocolo de Kioto está por vencerse y de no renovarse habrá un vacío legal que significaría un retroceso de años en la protección ambiental y un riesgo para la meta del siglo: evitar que la temperatura global aumente más de dos grados. Si algún día llega a incrementarse más de cuatro, cabe recordar, se acaba la vida como la conocemos.
Buenas son las expectativas en relación con el acuerdo parcial de Reducción de Emisiones para la Deforestación y Degradación (REDD), con el que se recompensa a los países más pobres por salvar sus bosques. Un hecho, entre todo el pesimismo que ronda la cumbre, muy importante, pues finalmente el 20% de las emisiones de efecto invernadero se producen por la tala de selva. Es probable que el REDD tenga modificaciones positivas en Cancún. Para Colombia, aprovechar este cambio es la meta alcanzable, pues en el otro asunto que se anuncia como positivo de la cumbre, a saber, la inversión en desarrollo de tecnología limpia, no podemos competir. Aquí llevarán la bandera, como lo han hecho hasta ahora, Europa y EE.UU. y, como se ha anunciado, cada vez más China.