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Tanto es así que cuenta con su propia contribución parafiscal. La Ley 814, aprobada en 2003, permitió que se condujeran recursos a la producción cinematográfica y se estableciera un fondo de desarrollo para administrarlos. A la fecha se han canalizado $24.958 millones para el apoyo de 352 proyectos, se han destinado $5.102 millones para promoción y participación en festivales, se han invertido $7.800 millones para proyectos de formación y se han aportado $48.000 millones a cerca de 70 películas. Gracias a estos estímulos, y otros tantos provenientes de privados, las cosas han ido mejorando. Logros que por lo demás ha venido recordando el Ministerio de Cultura a propósito de la celebración bienal de la semana del cine nacional que comenzó el martes pasado.
Sin embargo, aunque positivos, los resultados no reflejan todavía un sector dinámico. Un promedio de diez producciones anuales es minúsculo al lado del centenar que, por ejemplo, estrena Argentina. Tampoco hay importantes galardones para mostrar. Si bien 57 producciones nacionales han recibido 106 reconocimientos, no todos han sido de los más importantes festivales. Sólo La vendedora de rosas ha llegado a Cannes y eso fue cinco años antes de que entrara en vigencia la Ley. Además, las producciones son costosas. Salvo contadas excepciones, se sigue trabajando con presupuestos superiores a los retornos. Por último: “(…) Más que dinero, el cine colombiano reclama afecto”, como bien lo afirma el último número de la revista Semana, haciendo referencia a la notoria caída en la audiencia de cine colombiano.
Así las cosas, parece haber películas pero no industria, buenas producciones pero no una buena media, y espectadores pero no seguidores. No obstante, ¿es éste el fin de las perspectivas? Hace dos días, Pedro Adrián Zuluaga, director del Festival Cine Sin Fronteras, afirmó en El Tiempo: “El cine colombiano ha sido, es y, seguramente, será siempre un fracaso industrial”. Y, aclaró: “El Estado debería apoyar el cine colombiano a pesar de su ostensible fracaso industrial o precisamente por eso”. Ambas, afirmaciones problemáticas. Es cierto que la realidad del cine colombiano es modesta —mucho más incluso de lo que la publicidad del Ministerio ha venido sugiriendo— pero eso de ninguna manera lo condena al fracaso. Y, si en efecto resultara siendo un fiasco, muy a pesar de la cultura, nuestros recursos son demasiado indigentes para apoyar sin resultados.
Contrario a las críticas, nuestro cine sí ha avanzado; lento, pero ha avanzado. El problema es que tal ritmo es insostenible. Por fortuna es el momento para moverse más en serio. Los productores ya deben haber aprendido a calibrar las audiencias y descifrado cómo llegarles no sólo a los pequeños nichos nacionales. Además, como dice Lisandro Duque, “desde que nuestro país se convirtió en una incógnita para el resto del mundo, el cine colombiano provoca curiosidad por fuera”. Hay que aprovechar la experiencia y la coyuntura y generar rápido los mecanismos para dar el gran salto. Mecanismos entre los cuales se encuentra una alianza entre el fondo cinematográfico y el sistema financiero para ofrecer créditos ambiciosos. El cine colombiano tiene que hacerse taquillero. Esto no implica que la calidad vaya a disminuir. Todo lo contrario. Implica que de hecho se podrá hablar de calidad. Con una muestra de diez películas al año cualquier generalización es inoficiosa, como inoficiosos son los recursos que se le sigan invirtiendo. Nada condena nuestro cine al fracaso, pero nada lo exime de dar más resultados. Mientras tanto, ahí vamos.