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Ciudad por cárcel

EN EL CONTEXTO DE LA DISCUSIÓN sobre el otorgamiento de casa por cárcel a implicados en presuntos delitos, Magola, en una de sus caricaturas, se burlaba de la insistencia en la disputa y se preguntaba con su característico humor cuál era el escándalo.

24 de septiembre de 2010 – 06:00 p. m.

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Al fin de cuentas, decía, aunque nadie lo note, todos los habitantes de la Capital tienen ya ciudad por cárcel. Pues bien, al parecer no se equivoca. El problema de movilidad es de tal tamaño, que en la ruta diaria quedan atrapados quienes osan salir de su hogar. Por radio y redes sociales se informa de la magnitud de los eternos trancones, pero el esfuerzo es vano. Las rutas alternativas que no se encuentran intervenidas son demasiado angostas, como se demostró con el colapso que vivió el norte de la ciudad el miércoles por la mañana debido a un reparcheo a destiempo. A cientos de conductores les tomó más de dos horas atravesar 40 cuadras y quienes se servían del transporte público, en un acto más de desesperación que de recursividad, continuaron a pie su camino.

El alcalde, Samuel Moreno, frente al escándalo que desató el “infierno” de aquella mañana, aseguró: “La falta de diligencia de un contratista no puede afectar a miles de ciudadanos. Vamos a iniciar una investigación”. Pero, ¿investigación de qué?  El problema no se soluciona ni con la renuncia de un funcionario —que a propósito no se le aceptó— ni con la sanción esporádica a un constructor —que además no se ha hecho efectiva—. Bogotá necesita una cabeza. Sin sugerir que reconstruir una ciudad en funcionamiento sea tarea fácil, la falta de gestión y de planificación de la administración es injustificada. Es cierto que Bogotá lleva casi una década de atraso en su malla vial y que el modelo de contratación es defectuoso, pero nada explica la ausencia de priorización en las obras, la falta de coordinación interinstitucional —Policía de Tránsito, Secretaría de Movilidad e IDU— y la deficiente interventoría.

Aunque el Alcalde se precie de tener mil frentes de obra, esto no es de suyo un logro. ¿Por qué trabajar la misma ruta en distintos tramos y no abrir la siguiente cuando la anterior se haya entregado? ¿Por qué arreglar al tiempo vías principales y secundarias? Es más, ¿por qué insistir en arreglar, junto con las 13 troncales, los andenes de la ciudad? Pregunta de especial relevancia dado el riesgo que representan las construcciones. Si fuera por la inaplazable seguridad del peatón, no veríamos el espectáculo de más de uno esquivando busetas, taxis y particulares. Tampoco se encontraría, saliendo de los escombros, a un obrero con un letrero rojo que detiene a su antojo el flujo vehicular y cuya vida parece valer menos que la de aquellos que ayuda a cruzar, entre otras, no por los lugares donde están ubicadas las cebras. Y, finalmente, si de seguridad se tratara, las construcciones tendrían avisos que, en medio del caos de la congestión, avisaran que allí, contrario a lo que se creía, ya no existe una vía.

Pero el riesgo diario que representa transitar en la ciudad parece alarmar tan poco a la administración como el desorden de sus obras. “Habrá más trancón”, insiste el Alcalde. Pero una cosa son los costos razonables de una intervención bien pensada, organizada y segura, sintonizada al reloj con las instituciones competentes, y ejecutada a un ritmo implacable por aquellos que sienten el peso de una interventoría efectiva, y otra muy diferente la anarquía que estamos viviendo. Realmente no le queda bien al jefe del Distrito salir a repartir culpa. Reconstruir cada rincón de la ciudad fue su idea y hacerlo de forma improvisada su responsabilidad. Ya es hora de que empiece a preocuparse por el nudo que ha hecho de la capital.

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