
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La línea de defensa más efectiva contra la corrupción es el voto. Un país donde está generalizada la desconfianza en las instituciones es el reflejo de una democracia frágil, sin suficiente participación y donde una considerable porción de los que sí votan entra en el juego de la manipulación. Allí donde hay fraude electoral, hay ciudadanos vendiendo su voto; allí donde hay invencibles casas políticas reconocidas por sus malas prácticas, hay personas que llenan sus mítines y luego colman las urnas con sufragios influenciados por cálculos individuales. Votar bien y a consciencia es un imperativo moral al que muchos colombianos han renunciado.
Son muchas las excusas para ser cómplices de las peores prácticas políticas, por supuesto. En un país desigual, con un desempleo creciente y con zonas olvidadas donde el Estado es el mayor distribuidor de recursos, la venta del voto es una transacción más en la negociación diaria que hacen los colombianos por sobrevivir. También es entendible el cinismo de quienes sienten que el sistema político no los representa. Pero, paradójicamente y de manera cruel, permitir que esas consideraciones dicten por quién votar es fomentar que las condiciones de desigualdad y corrupción continúen. Sin voto inteligente no hay gobiernos inteligentes, incluyentes y representativos. En pocas palabras, para bien y, a menudo, para mal, Colombia elige a los dirigentes que se merece.
Hemos vistos los efectos perversos de la corrupción: niños que sufren porque los recursos para su alimentación se embolatan; ciudades prometedoras y llenas de potencial que se estancan; mandatarios aliados con grupos ilegales, incluyendo narcotraficantes, para arrodillar el Estado ante la criminalidad; dictadores de barrio que administran las ciudades como si fuesen sus territorios y los recursos públicos como si se tratase de su caja menor.
El descontento se ha tomado el país en los últimos años. Lo hemos visto en las marchas y en las urnas, con una ciudadanía más interesada y que se ha hecho contar. Las elecciones que se celebran hoy deberían ser, entonces, un momento de reflexión: ¿no deberíamos pensar en lo irresponsables que somos al momento de votar?
Es en las gobernaciones, alcaldías, asambleas y concejos donde se toman las decisiones que más afectan el día a día de los colombianos. Las elecciones nacionales son rimbombantes e importantes, sí, pero en las locales se define el rumbo de todas las ciudades del país. Cuando se enfrenten a ese tarjetón, lleno de alianzas problemáticas, nombres cuestionados y caudillos con tradiciones autoritarias, en sus manos está defender la democracia, la Constitución y los principios del buen gobierno. Esta es la oportunidad más clara de decirles a los corruptos que Colombia está lista para una nueva manera de hacer política.
Llegamos a las urnas después de ver a varios candidatos ser asesinados y con la tragedia de cientos de líderes sociales masacrados por apostarle a la democracia. Estos meses de campaña han dado suficientes herramientas para que los ciudadanos voten a consciencia y entendiendo los programas de gobierno que hay sobre la mesa. Debemos estar a la altura de la responsabilidad que tenemos en frente.
¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a elespectadoropinion@gmail.com.
Nota del director. Necesitamos lectores como usted para seguir haciendo un periodismo independiente y de calidad. Por favor, considere adquirir una suscripción digital y apostémosle al poder de la palabra.