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El Departamento Nacional de Estadística (DANE) reveló hace unos días que la economía había crecido 5,1% en el primer trimestre de este año con respecto al mismo trimestre del año pasado. El crecimiento estuvo impulsado tanto por el consumo de los hogares como por la inversión privada. La inversión pública, por el contrario, parece estancada, paralizada por cuenta no sólo de las lluvias sino también de un asunto más problemático, menos coyuntural, insalvable por ahora: la corrupción. La construcción de obras civiles cayó más de 10% en el primer trimestre.
Pero, en general, el crecimiento del primer trimestre fue satisfactorio. Superó las predicciones de casi todos los analistas. Rebasó los pronósticos oficiales. Y refrendó el optimismo presidencial. Muy seguramente la economía crecerá por encima de 5% en 2011. Los sectores más dinámicos son el de minas y canteras, el comercio y el sector financiero. La industria está creciendo más lentamente que el resto de la economía. La agricultura creció a una tasa de 7,8%, pero este resultado obedece en parte a una circunstancia coyuntural e irrepetible: la recuperación de la caficultura después del desastre del año pasado, de la espectacular caída de la cosecha cafetera durante el primer semestre de 2010 por causa de la sequía. La producción de café aumentó casi 40% en el primer trimestre con respecto al mismo período del año pasado.
Más allá de las buenas noticias, persisten algunas preocupaciones. Las primeras, de corto plazo, hacen referencia a los desafíos macroeconómicos de la coyuntura. El crédito de consumo está creciendo muy rápidamente, a una tasa superior a 20%. Las ventas de vehículos han crecido de manera desmesurada, sin límite aparente. Y, en general, la demanda está disparada. Así las cosas, las autoridades económicas tendrán que intentar en los próximos meses un complicado balance: deben evitar el sobreendeudamiento y la expansión insostenible de la demanda sin frenar la economía, sin acabar con los buenos augurios. El caso de Brasil constituye un ejemplo a tener en cuenta. El año pasado la economía brasileña creció desaforadamente, impulsada por unas políticas expansivas que le echaron leña al fuego del entusiasmo. Este año Brasil está pagando las consecuencias de la fiesta. La economía se recalentó, la inflación está desbordada y el crecimiento se redujo ostensiblemente.
Pero las preocupaciones más graves son de largo plazo y hacen referencia a la gradual transformación productiva de la economía colombiana. Muchos analistas han comenzado a preguntarse, todavía tímidamente, sobre las consecuencias de un crecimiento sustentado en la producción de materias primas y sobre los efectos de largo plazo del gradual marchitamiento de algunos sectores exportadores. El Gobierno no parece preocupado por el asunto. Hasta ahora, por ejemplo, ha sido más observador que protagonista en el frente cambiario, ha hecho muy poco para evitar la apreciación del peso. Las últimas cifras disponibles sugieren que la industria ya está comenzando a sufrir las consecuencias de la revaluación. Históricamente una de las fortalezas de la economía colombiana ha sido su sofisticación, su base industrial. Esta fortaleza, cabe advertirlo, podría perderse en pocos años.
Finalmente cabe mencionar que el crecimiento económico sólo tendrá efectos sociales positivos si viene acompañado de una expansión del empleo. Esta semana un funcionario del Fondo Monetario Internacional (FMI) señalaba que, en Colombia, las altas tasas de desempleo no parecen guardar concordancia con las altas tasas de crecimiento. El desempleo ha disminuido, pero todavía muy lentamente. Y, sin empleo, es necesario señalarlo, no habrá muchas razones para celebrar el mayor crecimiento.