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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lanzó su campaña reeleccionista apelando a su repertorio de grandes éxitos. Ante un público devoto de 20.000 personas, el mandatario tildó a la prensa de crear “noticias falsas”, dijo que “un voto por cualquier demócrata (el partido opositor) es un voto por el socialismo radical y por la destrucción del sueño americano” y se posicionó como la víctima de una “cacería de brujas”, a propósito de la investigación que encontró varias instancias en las que intentó obstruir a la justicia. Nada nuevo para el populista estadounidense.
Una frase en particular, nos parece, sintetiza la arrogancia y ceguera voluntaria de Trump y sus copartidarios. “El hecho es que el sueño americano está de regreso, es más grande y mejor y más fuerte que nunca. El 2016 no fue solo una elección de cuatro años, se trató de un momento definitivo en la historia estadounidense”.
Decir que el “sueño americano está de regreso” mientras hay denuncias por malos tratos a niños migrantes detenidos en condiciones infrahumanas, las tensiones raciales han aumentado, los derechos de las personas LGBT están en peligro y las mujeres sienten que sus cuerpos están siendo perseguidos es, cuando menos, cínico.
Paradójicamente, esta semana estalló un escándalo contra Trump. La periodista E. Jean Carroll publicó un relato contando cómo, en los años 90, el mandatario la acorraló en un cambiador de ropa, la besó forzosamente y la violó. La respuesta del presidente fue que ella no era “su tipo”, que todo era falso y que incluso no la conocía. Pero Carroll publicó una fotografía de ellos juntos y dos personas corroboraron que la periodista les contó de lo ocurrido en la fecha en que pasó. Se trata de una acusación creíble.
¿Por qué una denuncia de tal calibre no es suficiente para afectar al presidente de los Estados Unidos? La presunción de inocencia no presupone la ausencia de vergüenza, ni el hecho de que, en el debate público, debemos oír a las víctimas y exigir responsabilidad, más cuando se trata de funcionarios públicos.
No es la única mujer que ha hablado en ese sentido contra Trump, por cierto. Hay, por los menos, 19 denuncias que cuentan cómo el magnate parece haber cometido distintos actos de violencia sexual. Kristin Anderson dijo que Trump la tocó sin permiso. Una concursante de Miss Teen USA, donde participan menores de edad, contó que el presidente solía entrar a los vestidores para ver a las participantes cambiándose. En todos los casos, Trump ha dicho que se trata de mentiras. ¿Por qué tantas personas consideran que esa es una respuesta aceptable? ¿Cómo estos escándalos no han sido suficientes para cuestionar la idoneidad del presidente estadounidense?
Cuando la respuesta pública a las denuncias es no creerles a las víctimas, el mensaje para tantas otras personas que han sufrido violencia sexual es claro: sus relatos no importan, es mejor que sigan en silencio. También hay otro mensaje para Trump y sus similares: en efecto, pueden hacer lo que quieran y no enfrentar responsabilidad alguna. ¿Ese es el nuevo “sueño americano” del que se siente tan orgulloso el presidente-candidato Trump?
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