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Cuando a Luis Carlos Galán lo asesinó el cartel de Medellín, aquel infame 18 de agosto de 1989, Colombia estaba sumergida en una ola de violencia que, entre diversos propósitos mezquinos, buscaba aniquilar las alternativas políticas. Con su muerte, también se terminó de sepultar su movimiento político, el Nuevo Liberalismo, que también vio cómo más de cincuenta de sus miembros fueron víctimas de homicidios.
Treinta años después, Juan Manuel Galán y Carlos Fernando Galán, hijos del líder asesinado, están dando una pelea jurídica para que el Nuevo Liberalismo renazca y puedan lanzar candidaturas en las elecciones regionales que se aproximan. Aunque el camino para obtener esa autorización es complicado y está plagado de obstáculos políticos, el país no puede ignorar la importancia simbólica que tendría darle un nuevo viento a lo que surgió como una esperanzadora disidencia dentro del Partido Liberal. Algo similar ya se hizo con la Unión Patriótica y los efectos han sido muy positivos para Colombia.
Hace un par de semanas, el Consejo Nacional Electoral (CNE), después de dilatar varios meses la decisión, negó la personería jurídica del Nuevo Liberalismo. En una decisión tomada por siete votos contra uno, el tribunal electoral dijo que el partido ya había revivido hace unos años y perdió la personería en el 2006, por no haber alcanzado el umbral electoral. Además, consideró que no es una situación análoga al genocidio que sufrió la Unión Patriótica, por lo que el simbolismo histórico no estaría tan claro.
Mientras tanto, en medios, miembros del Partido Liberal y de Cambio Radical dijeron que todo se trataba de un capricho de los hermanos Galán y que lo que debían hacer era formar un partido desde las bases.
Nos parece que esos argumentos están errados.
El renacimiento del Nuevo Liberalismo que se busca en esta ocasión, además de que está siendo liderado por personas distintas a las que usaron ese nombre en los primeros años del siglo XXI, tiene un propósito muy claro de reivindicar los ideales históricos que comenzaron con Luis Carlos Galán.
Además, decir que esta situación no se asemeja a la Unión Patriótica denota desconocimiento de la realidad de lo ocurrido. Galán y sus aliados fueron asesinados por sus posturas políticas; sus muertes se debieron a la intolerancia y a la incomodidad que causaban las nuevas ideas sobre cómo gobernar el país y luchar contra la corrupción.
Sin duda, los hermanos Galán se beneficiarían directamente de la obtención de la personería jurídica, pero plantear que eso convierte al Nuevo Liberalismo en “un partido familiar”, como lo sugirió el senador Rodrigo Lara, es trivializar una discusión que tiene más que ver con la memoria histórica y la reparación de los daños ocasionados por la violencia.
No pierde nada el país, menos en esta etapa de posconflicto, si los partidos que una vez fueron silenciados tienen la oportunidad de existir de nuevo. De hecho, el mensaje que se enviaría nos parece mucho más poderoso: las balas no pudieron destruir para siempre nuestra democracia. Ahora, el Consejo de Estado tiene la palabra. La decisión debería tomarse pronto.
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