Dialogar en Venezuela

Vuelve a Venezuela la propuesta de un diálogo entre la oposición y el contrariado Gobierno de Nicolás Maduro, impulsada por los esfuerzos liderados por el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, quien estuvo en Colombia buscando apoyos para darles legitimidad internacional a las conversaciones. En un asunto tan delicado, la oposición no debe caer en el juego de los radicalismos ni negarse a buscar todas las posibles soluciones, así resulten infructuosas.

10 de marzo de 2017 – 09:00 p. m.

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El problema es que el cansancio provocado por las tácticas evasivas del Gobierno venezolano ha radicalizado a la oposición, que se ha negado a unos nuevos diálogos. Henrique Capriles Radonski, gobernador del estado de Miranda, quien en el pasado ha sido una de las voces más razonables en el antichavismo, dijo esta semana que “el diálogo no trajo ningún resultado. Sólo ha sido una burla para los venezolanos”. No le falta razón. El año pasado, en medio de un fervor popular que se tomó las calles en rechazo a, entre muchas cosas, las fallidas políticas económicas del chavismo, el presidente Nicolás Maduro propuso unos diálogos que sabotearon la intención de la Asamblea Nacional de convocar a un referendo revocatorio y que en la práctica terminaron siendo inútiles para la oposición, pues el Gobierno no tenía intenciones de ceder, sólo de ganar tiempo. Al final, no se llegó a ningún acuerdo, no se realizó el revocatorio y Maduro sigue muy atornillado a su cargo.

Sin embargo, varios cambios a nivel internacional dan señales de la asfixia que está sintiendo el Gobierno de Maduro. Brasil y Argentina, aliados de antaño del régimen chavista, han expresado de manera vehemente su rechazo a las prácticas antidemocráticas que están ocurriendo en Venezuela y se han comprometido a presionar para que esa situación cambie. En Ecuador, el candidato del correísmo tiene altas probabilidades de perder las elecciones. Y, por supuesto, en Estados Unidos, la nueva administración de Donald Trump adoptó un discurso mucho más estricto con la administración Maduro, sancionando al vicepresidente, Tareck El Aissami, y prometiendo más presiones. Además, en la Organización de Estados Americanos avanza con paso firme la aplicación de la figura de la Carta Democrática contra Venezuela, que sería el acto de rechazo más contundente a nivel internacional de las prácticas tóxicas del chavismo. La situación parece insostenible.

Si bien es cierto que los diálogos del año pasado debilitaron a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y apagaron en gran medida el fervor popular y la confianza de la gente en poder cambiar las cosas en Venezuela, la respuesta no puede ser un radicalismo irresponsable que, además, sólo sirve para darle municiones retóricas al Gobierno de Maduro. El régimen no ha desperdiciado tiempo en utilizar la negativa de la oposición para echarle la culpa de todos los males del país, con vísperas a unas elecciones del 2018 que se prometen reñidas.

Por eso, la única solución es un diálogo genuino y transparente, en el que la oposición debe actuar unida con la mira en el propósito común y no en sus diferencias sobre cómo hacerlo o en perversos oportunismos políticos. Si, como pasó el año pasado, el Gobierno convierte las conversaciones en una burla, la MUD lo puede dejar en evidencia, permitiendo así que los venezolanos y el mundo entero vean quién tiene verdaderamente la culpa de la crisis de ese país. Pero ojalá hablar sirva para encontrar una solución rápida a una situación angustiante y no a seguir prolongándola.

¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a yosoyespectador@gmail.com.

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