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Dilma, hora de gobernar

PASADA LA EUFORIA TRAS LA POSEsión de la primera presidenta en la historia del Brasil, Dilma Rousseff, y el retiro triunfal de Lula, a quien ya muchos consideran como un mito viviente, pues sale con un 84% de aceptación popular, amén de la terminación de las festividades decembrinas, le corresponde a la nueva mandataria comenzar la actividad para la cual resultó electa: gobernar.

05 de enero de 2011 – 05:20 p. m.

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Sus retos son muchos a pesar de que está signada de antemano por el camino que ya trazó su antecesor y sobre la base de la cual sustentó la campaña. Su primer dilema: mantener la continuidad, pero al mismo tiempo imprimir un sello propio a su gestión. Si administra bien lo logrado, pasará a la historia como una presidenta que sirvió de puente para permitir el regreso de su mentor político al poder. Sin embargo, si es capaz de incrementar lo hecho por Lula, en especial en la lucha contra la miseria que aún golpea a unos 23 millones de brasileños, y logra que los nubarrones que afectan la economía no se conviertan en tormenta, Dilma podría aspirar a la reelección. A pesar de que le debe todo a Lula, en política nada está escrito en piedra.

El tema económico será su principal reto. Como lo señaló Michael Reed, editor de The Economist para América Latina, “ella hereda una economía que está recalentándose: el crecimiento cercano al 7,5% en 2010 ha provocado un aumento vertiginoso de las importaciones y de la inflación hasta el 5,6% (…). Dilma es una mujer dura y competente que cumple sus tareas. Será una administradora eficaz del Estado brasileño. Queda por verse si tendrá el deseo y la habilidad política de reformarlo”. Ahí está el detalle, y de la forma en que lo haga, y, muy especialmente, en que logre comunicarlo correctamente a la población dependerá en buena parte su éxito. En este último campo, como en otros, su predecesor fue un maestro al que muchos consideran que no sólo supo ofrecer realidades, interna y externamente, sino que además vendió expectativas, cosa nada fácil de lograr si las mismas no van acompañadas de resultados concretos.

De hecho, dentro de la frenética actividad que ha impreso a sus primeros días la nueva mandataria, en contraste con un Lula más relajado y poco seguidor de los acartonados horarios, Dilma ha tomado en los primeros días medidas como el congelamiento de salarios de servidores públicos, el muy posible aumento de los intereses para contener la inflación y la privatización de aeropuertos, que indican hasta dónde está dispuesta a tomar ciertas medidas, como las dos primeras, que pueden ser impopulares, pero que dejan ver hasta dónde puede jugarse para lograr que a mediano o largo plazo no se vean afectados sus planes sociales.

Lo cierto es que así como está garantizada la continuidad en lo político y económico, en lo personal ya son claras las diferencias en el estilo de gobernar. Mientras el saliente presidente se caracterizó por su agudo olfato político, que le permitió identificar oportunidades atendiendo su instinto, en el caso de Rousseff las cosas no quedan al azar de la intuición, sino que son producto de un sesudo análisis y muchas horas de planificación. Mientras que “el hijo del pueblo” solía improvisar discursos cargados de emotividad que llegaban a las masas de manera vibrante, o a los empresarios e inversores, con gran simpatía, la nueva ocupante de Planalto lee lo que ha sido preparado y revisado varias veces. Mientras el ex obrero metalúrgico abrió la vía del posicionamiento internacional de Brasil, con el propósito de convertirlo dentro de pocos años en la quinta economía del mundo, Dilma va a enfocarse especialmente hacia dentro, en la medida en que el escenario internacional necesita mantenerse, mientras que hacia el interior hay retos acuciantes que ella ha prometido enfrentar.

Como lo definió con claridad uno de los periodistas emblemáticos de Brasil, Clovis Rossi del Folha de São Paulo, a partir de ahora “salen la intuición y el mito, y entra la razón pura”.

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