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Dolor en tiempos de cólera

LAS DIEZ PLAGAS DE EGIPTO SIGUEN cebándose contra Haití de una manera dolorosa.

19 de noviembre de 2010 – 06:30 p. m.

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Tan sólo en este año el recuento de las tragedias que ha afrontado la isla caribeña dan como para recrear una mala película de desastres. Un fuerte terremoto destruyó la capital, así como otras zonas del país, dejando a su paso cerca de 200 mil personas muertas y más de 300 mil heridas. En adelante los cientos de miles de sobrevivientes debieron sufrir las penalidades propias de haberlo perdido todo, pero como toda situación es susceptible de empeorar, vino el problema de los niños huérfanos y su tráfico ilegal; la angustiante pasividad de la comunidad internacional luego de los anuncios de apoyo que no terminan por concretarse; el inicio de la temporada de lluvias y huracanes que agarró a los damnificados en sus improvisados campamentos, y, como si algo faltara, se expandió el cólera ante la preocupación de organismos que, como la Organización Panamericana de la Salud (OPS), consideran que dadas las precarias condiciones de salubridad de la isla, la epidemia duraría años en erradicarse, de manera que podría afectar en un año a aproximadamente 200 mil personas, 40% de las cuales pueden llegar a estado crítico.

Ante esta situación, y en un país donde existen explicaciones sobrenaturales de los acontecimientos, hay quienes se preguntan si allí no habrá alguna maldición. Pero las razones, como lo expresó recientemente en nuestras páginas el doctor Félix Diesner, obedecen más al campo de los errores humanos que a la responsabilidad de los espíritus. Las situaciones históricas que condujeron a Haití a la compleja situación que vive hoy en día hacen que la falta de institucionalidad y planeación no le permitan al gobierno contar con planes de desarrollo y de prevención de desastres. No de otra forma se puede explicar que en el mismo sitio donde han ocurrido terremotos similares en el pasado se siga permitiendo el asentamiento humano, pese a ser terrenos escarpados y sin ningún tipo de protección. Además, la carencia de fuentes de energía condujo, de manera inevitable, a una gran deforestación del país para que los habitantes pudieran cocinar sus alimentos. De aquí que fuera talado cuanto árbol se encontraron, sin menor previsión del daño que implicaba. Todo esto sin mencionar la inexistencia de una autoridad funcional capaz de hacerse respetar ante las emergencias.

 La realidad de lo que hoy sucede allí debería ser el punto de partida para el nuevo país que debe surgir gracias al apoyo internacional. Aunque si el apoyo se sigue demorando, continuará gravitando sobre los haitianos una espada de Damocles que, como en el caso del cólera, seguirá cayendo sobre una población inerme que busca ahora responsables de sus problemas de salud en los soldados de la ONU que se encuentran en el terreno.

Pero si por allá llueve por aquí no escampa, literalmente hablando. La emergencia invernal decretada por el presidente Juan Manuel Santos debe permitir que los planes previstos para atender situaciones de esta magnitud entren en funcionamiento de manera inmediata y eficaz. El número de muertos, heridos y la inmensa cantidad de damnificados así lo amerita. Es un hecho que los inesperados fenómenos naturales están golpeando diversas regiones del planeta, como en el caso de Haití, y tienen a su vez una manifestación preocupante en Colombia.

La pregunta obligada ante este tipo de situaciones, y ante el pobre espejo de lo que pasa en el país caribeño, es qué tan avanzados estamos en planes efectivos de prevención de desastres, aplicación pronta de correctivos para solventar las necesidades inmediatas de quienes pierden todo en medio del agua y, lo más importante, cuáles serán los planes gubernamentales destinados a mejorar las condiciones de vida de quienes quedan, también literalmente, con el agua hasta el cuello.

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