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El campanazo

Uruguay ha dado un paso en el debate mundial sobre la comercialización de la marihuana entre fronteras.

08 de enero de 2014 – 06:37 p. m.

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Aprobada su ley, que permite la producción, venta y consumo de la droga en el interior de su territorio, laboratorios y autoridades gubernamentales de Israel, Canadá y Chile han llamado al gobierno de José Mujica con el fin de adquirir cannabis para usos medicinales. Así es el mercado.

La cosa es que, en efecto, podría abrirse un mercado global de marihuana o el mismo Uruguay convertirse en un referente de la investigación en biotecnología. Y sí: mientras les vamos quitando los tabúes a las drogas, impuestos en una guerra declarada por Estados Unidos al mundo hace décadas —una que, por demás, ha sido considerada un fracaso desde varios sectores de estudio del tema—, las posibilidades que se abren una vez se legaliza el consumo de una de ellas son muchas. Probablemente el espíritu de la ley uruguaya no era ese, pero hacia allá va la práctica. Hay que aprovechar las oportunidades que se abren de la mejor forma.

El debate está abierto y pronunciarse juiciosamente sobre él es lo mínimo. Aún no se ha regulado de manera específica dentro de Uruguay lo que puede hacerse o no en términos de comercio internacional: que, por ejemplo, una farmacéutica multinacional llegue a ese país a generar una marca de droga basada en la marihuana o que el Gobierno venda sus productos a otros países y actores de la economía. Lo mejor que puede hacerse en este panorama, antes de dar el segundo paso y abrir los mercados mundiales, es que Uruguay se prepare en una especie de tránsito, definiendo de manera más específica su política económica frente al cannabis: desde su uso recreativo hasta su uso terapéutico. Porque, si no, bien podría perder el control de lo que ha intentado ganar.

Juan Daniel Gómez, investigador de la Universidad Javeriana, le enumeró ayer a este diario las que podrían ser las tres realidades más probables: que Uruguay restrinja la producción y, por ende, asuma la investigación y la exportación; que se limiten las facultades exclusivamente a los nacionales, o que permita la entrada de grandes laboratorios para que investiguen y vendan. Así, dice el experto, la marihuana pasaría de ser una sustancia prohibida a un producto más del mercado. En Uruguay se ha creado la Federación Nacional de Cannabicultores, un actor más que busca tener interlocución con el Gobierno, así como hacer avances investigativos en el campo del uso terapéutico.

A paso lento pueden lograrse grandes cosas. Sin embargo nos queda aún la duda de traer toda esta realidad a Colombia: porque ya no es sólo un país pequeño del sur latinoamericano el que ha hecho el cambio de enfoque. Países como Canadá, Israel, Chile e incluso los Estados Unidos, en algunos de sus estados confederados, han dado un giro frente a los temas más gruesos de regulación de la marihuana: en unos casos en su uso terapéutico, en otros en su consumo recreativo.

En Colombia, por demás, el debate sigue siendo de orden público: al consumidor (hablamos de la marihuana, por no extendernos mucho) lo persiguen los policías en la calle, lo estigmatizan las autoridades e, incluso, muchas veces, lo recluyen por el simple hecho de portar la sustancia. Si el mundo está dando un debate para abrir el comercio de marihuana como un producto más de los que se consumen, por qué nosotros avanzamos en un cierto tipo de dirección contraria. Es cierto: hay casos en los que ha habido ciertos pasos hacia adelante, hacia una realidad innegable. Pero harto han costado. Y harto han polarizado a nuestros políticos de turno. ¿Es este un campanazo para dar un giro?

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