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El gran desconcierto

El miércoles de la semana que termina el exdiputado del Valle Sigifredo López fue detenido por una amarga acusación que pesa en su contra (pero que recae en el país entero): la presunta vinculación que tuvo en el secuestro de los 12 diputados del Valle, ocurrida en 2002, y que finalizó con la trágica muerte de todos ellos, menos López, quien fue liberado en una operación humanitaria unos años después.

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El día de su liberación, los ojos de Colombia estuvieron clavados en uno de los eventos más emotivos de los últimos años: el encuentro del diputado con sus hijos, a quienes a primera vista no reconoció pero luego abrazó en medio del llanto. A pesar de las sospechas aisladas por haber eludido la masacre, que nunca faltaron, Sigifredo López fue desde entonces visto como un sobreviviente, como el epítome del hombre afectado en carne propia por la guerra, el secuestro y la ignominia de las Farc.

Hoy se presenta una imagen distinta: la del hombre juzgado. La investigación que se levanta contra Sigifredo López podría pasar inadvertida (debido al número tan grande que hay en este país), pero representa una paradoja muy poco digerible: que haya planeado con sus futuros captores el secuestro de sus entonces colegas. Y que luego haya estado cinco años inmerso en la selva, afectado en su salud y lejos de sus amigos, familiares, conocidos e hijos, con quienes compartió esa poderosa imagen que no se olvida. López deberá responder, entonces, por los delitos de homicidio agravado, toma de rehenes, rebelión y perfidia —deslealtad—. Parece sacado de la ficción.

Ya hay mensajes que provienen de distintas partes. Álvaro Giraldo, hermano del exdiputado Francisco Giraldo, dijo que le resulta muy difícil creer que Sigifredo sea parte de ello: por el dolor que supone, por el tiempo compartido entre las familias. Antonio Navarro Wolff, exgobernador de Nariño, dijo que de haber recibido un presunto apoyo de algún grupo ilegal en las elecciones al Senado en 2010 fue de ‘Los Rastrojos’, no de las Farc. Cosa que no tiene mucho sentido frente a la acusación.

Todo este bochornoso episodio comenzó por un testimonio del desmovilizado Reinaldo Valencia, alias El Cabezón, quien dijo que Sigifredo López estaba implicado. Se retractó luego, justificándose en una serie de beneficios que una ONG le había prometido si acusaba al exdiputado. Lo curioso, y la razón poderosa para que la Fiscalía investigara, fue un video que encontró una fiscal delegada de derechos humanos y derecho internacional humanitario en los computadores del abatido Alfonso Cano, en el que un hombre (que no se reconoce a primera vista) le indica a los guerrilleros, en detalle, cómo secuestrar a los diputados. Por lo que se ha investigado (voz y morfología) esa persona podría ser el mismo López.

Muchos cuestionamientos se levantan ahora. ¿Por qué una persona se sometería a este tipo de tratos en la selva? ¿Qué le ha quedado a Sigifredo López luego de su secuestro, en caso de que la acusación fuera cierta? ¿Qué tanta certeza tiene la Fiscalía al meterse en la batalla de acusar a un hombre que fue secuestrado, que en algunos espacios es tan querido y en otros tan criticado?

Por más doloroso que sea, lo que sí resulta plausible es que la Fiscalía se muestre férrea a la hora de investigar la ‘farcpolítica’, y que lo haga pese a las voces que se levanten en su contra. La justicia debe llegar hasta el final y condenar o absolver esa otra parte de nuestra realidad que ha sido poco explorada. Esperamos sí que la investigación para acusar a alguien como Sigifredo López sea muy sólida, y que el proceso sea rápido y determinante. La base probatoria debe ser contundente, porque, de no serlo, seríamos testigos de una de las injusticias más grandes que se puedan cometer contra ser alguno.

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