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Como si el mundo necesitara más horror, personas armadas entraron a un centro de conciertos en Moscú, prendieron fuego a las salidas de emergencia para forzar a que las personas se movieran hacia el centro del escenario, y les dispararon. Al cierre de esta edición, se han contado 137 personas muertas y por lo menos 154 heridas. El Estado Islámico (EI) se atribuyó la autoría de lo ocurrido y publicó videos en primera persona del ataque, mientras que el régimen de Vladimir Putin busca aprovechar la oportunidad para culpar a Ucrania. Durante el fin de semana, en redes vinculadas al oficialismo ruso circularon videos de supuestos miembros de las fuerzas de seguridad estatales torturando a los presuntos responsables de la tragedia.
Se trata del ataque terrorista más letal cometido por el Estado Islámico en territorio europeo. Rusia no veía un horror de esta magnitud en dos décadas y el impacto tiene fuerte poder simbólico por haber ocurrido en el corazón cultural de Moscú, capital que se consideraba intocable. El objetivo es el de siempre y es claro: sembrar pánico, eliminar los espacios públicos seguros y forzar a las autoridades a reaccionar con suma violencia. El régimen de Putin, que se sostiene sobre el espejismo de su fortaleza en temas de seguridad, reaccionó con una cacería pública y su aparato de desinformación. La violencia engendra más violencia y el ciclo continúa hasta el infinito.
A pesar de que el Estado Islámico publicó los videos de los asesinatos y que la inteligencia de Occidente lo confirmó, los canales oficiales rusos no han querido adoptar esa versión. Para ellos es mucho más provechoso decir que todo es culpa de Ucrania. Maria Zakharova, vocera del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia, dijo que ojalá Estados Unidos hubiera sido capaz de resolver el asesinato del “presidente Kennedy tan rápido. Pero no, más de 60 años después no han encontrado a quien lo hizo. ¿O quizás eso también fue el Estado Islámico? Cualquier comunicado de Washington exonerando a Kiev debe ser considerado como evidencia de lo contrario”. Mientras tanto, Rusia intensificó los ataques sobre el territorio invadido. La violencia justificando la violencia, como dijimos.
El problema, claro, es que en medio del aparato de desinformación lo que se oculta es otra potencia mundial incapaz de garantizar la seguridad en su territorio. También muestra que las raíces del terrorismo siguen intactas, que un mundo en guerra desatiende los problemas de desigualdad y se vuelve cada vez más inseguro. En esencia, la tragedia es la de las víctimas y sus familias, la de un pueblo que no puede dormir tranquilo, la de un luto que se extiende por todo el planeta sin importar el lenguaje ni las características de la forma de gobierno que tenga cada país. Volvemos al horror, que se recrudece, se siente omnipresente, nos abruma y paraliza. Las promesas de paz se alejan y nos queda la incertidumbre.
Al planeta hoy lo une el dolor de sus muertos por las armas. Desde Moscú hasta Colombia y en tantos otros espacios, la violencia busca dividirnos. El miedo, sin embargo, no puede triunfar.
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