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El lento reverdecer del Jardín Botánico

LA ACTUAL ADMINISTRACIÓN DE Bogotá está empeñada en devolverle a la ciudad lo que nunca debió perder: una institución científica respetada y comprometida con la biodiversidad de la ciudad.

23 de septiembre de 2012 – 06:00 p. m.

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No es un proceso rápido, ni fácil. Una vez ajustada su administración, con un equipo humano capaz y una buena orientación, viene la tarea más difícil. Se entiende la impaciencia con la que algunos discuten el estado actual de algunas de sus instalaciones, como la emblemática reproducción de un páramo, su humedal o el lago.

El adecuado mantenimiento de colecciones de flora de especies muy valiosas, tema misional que recibe menos atención en las críticas, viene siendo atendido. Pero la ciudadanía debe entender que cuando se trata de patrimonio, sea éste natural o construido, o de la memoria científica, la sociedad incurre en altos costos cuando una institución se descarría. Las pérdidas que puede dejar una mala administración no pueden recuperarse con la celeridad que podría esperarse cuando se trata sólo de obras físicas. Por eso la gravedad de lo que venía sucediendo en esta institución.

Hoy, en buena hora, el Jardín Botánico cuenta con una dirección renovada y subdirecciones con profesionales de las ciencias biológicas y sociales, quienes tienen clara la misión de conocer y dar a conocer la flora y los ecosistemas de bosque alto andino y páramo, así como las especies de flora de la ciudad, siguiendo los estrictos marcos de referencia internacionales para los jardines botánicos.

El silencioso trabajo se concentra hoy, siguiendo el plan de la Bogotá Humana, en los espacios del agua, es decir, páramos y cuencas, en las zonas abastecedoras del vital líquido. En su interior actualmente se reconocen y mantienen 3.000 especies vegetales, que constituyen una de las mayores colecciones ex situ, como lo llaman los expertos, de plantas vivas del país, que incluyen entre otras orquídeas, anturios, bromelias, palmas y cientos de plantas de regiones como la Amazonia, el Chocó, el Caribe y la Orinoquia.

Todas ellas dispuestas en hermosos ambientes, que el visitante puede disfrutar. Mal haría, pues, la administración en inaugurar ruidosamente aquello que en sí mismo es un lento proceso de construcción de saber. Paciencia y persistencia son hoy las palabras claves.

Por eso el Jardín Botánico merece un voto de confianza y un compás de espera. Instituciones tan queridas como ésta, nunca han debido extraviarse por la senda del clientelismo y de los repartos burocráticos.

El Jardín Botánico de Bogotá debe retomar de nuevo la senda de la certificación en Colciencias de su grupo de investigación y de su revista científica, la Pérez Arbelaezia, nombrada en honor de su fundador. Sus finanzas deben ser reforzadas, pues su misión es inmensa y sus recursos escasos cuando lo que se tiene por delante es nada menos que la recuperación y puesta en valor social de la naturaleza de la región capital.

Afortunadamente para ello, la actual dirección ha adelantado convenios con otras instituciones, como los sobresalientes Jardín Botánico de Berlín y el de Edimburgo, algunas universidades y no podría faltar el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, el tutor de nuestra biodiversidad. Bienvenida, pues, la crítica constructiva sobre el estado actual del Jardín, que obviamente todavía no reverdece; pero sobre todo atención para vigilar su nuevo rumbo.

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