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El papa Benedicto XVI ante la historia

07 de enero de 2023 – 12:00 a. m.
Muere Benedicto XVI: la historia del único papa en renunciar al cargo en 600 años
El papado de Benedicto XVI fue polémico y estuvo lleno de resistencia dentro de la Iglesia. Su renuncia fue un acto de prudencia.
Foto: AFP - PATRICK HERTZOG –

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El legado de Benedicto XVI, quien era desde hace casi 10 años el papa emérito, tras su intempestivo retiro en 2013, permite hacer una evaluación sopesada de su paso por el Vaticano, así como de su relación con la actual cabeza del catolicismo, el papa Francisco. Contrario a lo que se especuló, y a pesar de las diferencias existentes entre sus visiones encontradas del tipo de cambios para la Santa Sede, Benedicto mantuvo una posición de respeto por el actual pontífice, así no estuviera necesariamente de acuerdo con las reformas planteadas por Francisco. En varias ocasiones repitió que “solo hay un papa”.

Joseph Aloisius Ratzinger, primer papa de origen alemán y segundo no italiano en la historia del catolicismo, tenía todos los méritos posibles para llegar al Vaticano y reemplazar así a Juan Pablo II. De esta manera, cuando el humo blanco anunció en abril de 2005 el inicio de su papado, los sectores más tradicionalistas de la Iglesia se sintieron tranquilos frente a lo que veían como la continuidad del legado de Karol Wojtyla. Ratzinger, considerado un teólogo único por sus amplios conocimientos, había sido durante 23 años el jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe, antes conocida como el Santo Oficio de la Inquisición, posición que le había ganado el respeto del ala más conservadora dentro del Vaticano. Consciente de la necesidad de llevar a cabo cambios urgentes, se empeñó en adelantar una profunda reforma, entre otras cosas para enfrentar los graves problemas de pederastia y la falta de atención a los temas sociales.

La respuesta, en especial de quienes lo habían apoyado con entusiasmo en el Cónclave que lo eligió pero deseaban que todo siguiera igual, no se hizo esperar. Se presentó una revuelta interna, con traiciones de personas muy cercanas al pontífice, cuando su propio mayordomo vendió documentos privados con información que no debía hacerse pública, en los llamados Vatileaks. El resultado fue una de las mayores crisis por las que ha pasado la Santa Sede, lo que llevó a Benedicto a renunciar, de manera sorpresiva, tras ocho años de lucha infructuosa para cambiar las malas costumbres enquistadas dentro de la Iglesia. Es de recordar la frase mencionada cuando anunció su retiro: “Las aguas bajaban agitadas, el viento soplaba en contra y Dios parecía dormido”.

A partir de entonces y ante la elección de Jorge Bergoglio para sucederlo, se creó una situación que no se presentaba en el Estado Vaticano en los últimos 600 años: la coexistencia de dos pontífices, así uno de ellos hubiera presentado su renuncia y se considerara papa emérito. Francisco inició su papado con la energía necesaria para sacar adelante las inaplazables reformas mediante la aprobación de la nueva Constitución apostólica, considerada como una especie de remodelación de la Santa Sede y la curia. Se generó así una nueva reacción adversa dentro del ala retardataria, que llevó a que señalaran al actual papa de hereje y le hayan pedido renunciar. Para lograrlo buscaron el apoyo de Benedicto para que abanderara la salida de Francisco. La respuesta, acorde con lo que anunció tras su renuncia, fue la de permanecer recluido y en silencio en un convento de monjas, Mater Ecclesiae, no muy lejos de Bergoglio. Como hecho paradójico, otro sector de la Iglesia, en este caso sacerdotes alemanes, también se acercaron a Ratzinger, pero por motivos distintos: no se sentían representados por las reformas del actual papa, pues consideraron que no avanzaron lo suficiente para lo que ellos esperaban.

De momento, el papa Francisco continuará con la puesta en práctica de las reformas que ha adoptado, sabiendo muy bien que tiene que navegar entre dos aguas antagónicas: quienes quisieran verlo fuera del Vaticano, por haberse atrevido a darle a la Iglesia un aire de cambio que ven como excesivamente progresista, y quienes piden al pontífice que vaya mucho más allá en las reformas, que consideran inaplazables.

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