El paro armado y la paz

18 de febrero de 2020 – 12:00 a. m.
El accionar del Eln, que trae consigo los ecos anacrónicos de una violencia de décadas ya pasadas y sepultadas en la memoria nacional, es conocido. / Foto: Archivo AFP
El accionar del Eln, que trae consigo los ecos anacrónicos de una violencia de décadas ya pasadas y sepultadas en la memoria nacional, es conocido. / Foto: Archivo AFP

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No deberíamos estar viendo lo que ocurrió el fin de semana en varias regiones de Colombia. La guerrilla del Eln, en uno de esos actos de arrogancia a los que nos hemos acostumbrado, declaró un paro armado y causó zozobra entre los colombianos. Aunque el Ejército hizo presencia contundente y demostró que los guerrilleros no tienen tanto poder como ellos quieren aparentar, el saldo sigue siendo negativo. El asesinato del cabo primero del Ejército Norbey Felipe Palacios es una tragedia que merece el rechazo del país entero.

Fueron 72 horas en las que el Eln intentó paralizar al país. Su accionar, que trae consigo los ecos anacrónicos de una violencia de décadas ya pasadas y sepultadas en la memoria nacional, es conocido. En el Catatumbo, Norte de Santander, atravesaron carros cargados con explosivos en varias vías. En la carretera que lleva a Cúcuta, capital de ese departamento, detonaron explosivos en el asfalto, pero las tropas del Ejército respondieron con rapidez y pudieron restablecer el tráfico en poco tiempo. Se encontraron, también, varios cilindros bomba en Cúcuta y Villa del Rosario: amenazas latentes que demuestran la capacidad de esta guerrilla de hacer daño si así lo quisiera.

En Arauca también se sintió el terror. Hace poco, Human Rights Watch publicó un informe denunciando que es el Eln, y no las autoridades colombianas, el que hace valer la “ley” en ese territorio. El diagnóstico es uno de falla institucional ante años y años de olvido, abandono y consolidación de los grupos al margen de la ley. En ese contexto, era de esperar que los ciudadanos sintieran miedo en medio del paro armado. Los guerrilleros estallaron un carro bomba cerca de una base militar, los comercios tuvieron dudas de si abrir sus puertas a pesar de las garantías ofrecidas por el Ejército y un periodista recibió una amenaza para que saliera cuanto antes del departamento pues se había convertido en “objetivo militar”.

Como mencionamos, el resultado más doloroso del paro armado fue el asesinato de Norbey Felipe Palacios por un francotirador. El cabo se encontraba en la vereda Romeritos, del municipio de Convención (Norte de Santander), cuando hubo un intercambio de disparos con guerrilleros del frente Juan Fernando Porras Martínez. Su asesinato es un acto inaceptable que sigue demostrando la poca voluntad de paz de la guerrilla del Eln.

Estamos, entonces, en un estancamiento. La Fuerza Pública demostró su poder de reaccionar y reducir los daños de la guerrilla, incluso en las zonas más apartadas, pero el Eln dejó en evidencia que puede causar terror y seguir cobrando víctimas con su violencia irracional. El respaldo que tiene la guerrilla en Venezuela hace que muchos esfuerzos del Estado colombiano sean infructuosos. Además, la creciente influencia del narcotráfico y de las bandas criminales hace que lugares como Arauca y algunas zonas de Norte de Santander sean campos de guerra que piden a gritos una solución.

El problema es que no hay salida sencilla. En este espacio hemos apoyado los acercamientos tímidos entre el Gobierno y el Eln, pero hemos repetido en varias ocasiones que si la guerrilla no da claras muestras de voluntad de paz, cualquier diálogo va a ser imposible. Debemos insistir en la apuesta por la paz, sí, pero bajo el entendido de que al Estado y a los colombianos se les respeta y que el terror no es un argumento válido a la hora de construir acuerdos. Los paros armados, las amenazas, la censura a la prensa y los carros bomba tienen que quedar en el pasado para que no sigamos repitiendo la historia.

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