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Dentro de las innumerables declaraciones por la sorpresiva y polémica decisión, tanto de congratulación como de rechazo, tal vez la que mejor representó el sentimiento general fue la del ganador del mismo premio en 1983, el ex presidente polaco Lech Walesa: “¿Tan rápido? Demasiado rápido. Obama no ha tenido tiempo de hacer nada todavía”. Luce este Nobel, sin duda, como un reconocimiento bastante prematuro.
Ciertamente, el primer presidente negro de la gran potencia llegó en enero a la Casa Blanca planteando un nuevo enfoque multilateral en las relaciones internacionales de los Estados Unidos, tras el despreciable unilateralismo de su antecesor, con miras a un mundo más pacífico. En sus promesas, con discursos de gran profundidad, estaba el cierre de la prisión de Guantánamo en el lapso de un año, reparar los vínculos con los musulmanes, su compromiso de reanudar las negociaciones de paz en el Oriente Medio, el retiro de las tropas estadounidenses de Irak e imponer el diálogo con los países “problema” para llegar a un mundo sin armas nucleares a través de la negociación.
Sin embargo, al recibir el Premio Nobel de Paz, Barack Obama está próximo a incumplir la fecha tope de enero próximo para cerrar Guantánamo, su empuje por la paz en el Medio Oriente cojea y hace apenas un mes fue incapaz de convencer a Israel de congelar al menos de manera temporal sus actividades en los asentamientos. Tiene al frente la decisión de aumentar el número de tropas estadounidenses en Afganistán en 40.000 hombres, aparte de los 21.000 que autorizó el pasado marzo; las conversaciones con Corea del Norte sobre armas nucleares no comienzan y las que se iniciaron la semana pasada en Ginebra con Irán están muy lejos de augurar que no tenga que acudir a decisiones de presión como la aplicación de sanciones —que afectarían primordialmente a la población iraní— o incluso embarcarse en una intervención militar estadounidense en ese país.
Así como resulta prematuro, es evidente el cariz político de este Nobel para Obama. Tanto más por cuanto llega en el momento en que internamente su popularidad se está viendo golpeada por las dificultades para mostrar resultados —sí, también— frente al desempleo, la crisis fiscal o con su reforma del sistema de salud. E incluso en el frente internacional, si bien el Nobel constituye un apoyo a sus políticas, también representa un condicionante para las decisiones difíciles que habrá de tomar. El The Washington Post, en su análisis del galardón, lo ilustró con un ejemplo contundente: “Un ataque a Irán puede estar en los intereses de los Estados Unidos. Pero, ¿es esto algo que el ganador de un Nobel de Paz autorizaría?”.
Con todo, en su decisión, el Comité del Nobel ha dejado expresa su intención de premiar un cambio en el enfoque de las relaciones internacionales que es a todas luces positivo. “Rara vez una persona ha capturado con el mismo alcance la atención del mundo y dado a su gente la esperanza de un futuro mejor. Su diplomacia se basa en el concepto de que quienes lideran el mundo deben hacerlo sobre la base de valores y actitudes compartidas por la mayoría de la población mundial”, dice el fallo. Sí, este es un premio a la esperanza que Barack Obama representa para el mundo entero. Y sólo por eso, hay que celebrarlo. Como dijo el Nobel de Literatura portugués José Saramago, “no es prematuro si lo tomamos como una inversión… quizás Obama tome todavía más conciencia de cuánto lo necesitamos”.