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El presidente Petro todavía puede salvar su gobierno, pero…

06 de agosto de 2023 – 09:00 p. m.
Presidente de Colombia, durante su discurso de investidura, en la Plaza Bolívar de Bogotá.
En los tres años que le quedan debe haber un cambio fundamental en su manera de aproximarse a los problemas del país.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

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El presidente Gustavo Petro no tiene que buscar mucho para comprender por qué la oportunidad histórica que significa su mandato, un año después, parece estar diluyéndose entre escándalos, falta de gobernabilidad y frustraciones crecientes. Y no, no es culpa de una conspiración externa (aunque, por supuesto, ha enfrentado una oposición descarnada y terca), sino que todos los caminos llevan al mandatario mismo, a su forma de actuar, a las trincheras ideológicas en las que decide cada tanto encerrarse sin reconocer que ya no es el candidato que llegó al poder gracias a la división y el populismo. Si en los tres años que le quedan no hay un cambio fundamental en su manera de aproximarse a los problemas del país, la amargura en la Casa de Nariño y en los colombianos continuará en aumento, echando así por la borda ideas de reforma valiosas que un país acostumbrado al estancamiento necesita.

Mientras la Casa de Nariño enfrenta un escándalo más, esta vez ocasionado por la propia familia del presidente y el proceso por enriquecimiento ilícito y lavado de activos contra Nicolás Petro Burgos, leer a los congresistas gobiernistas y escuchar los discursos del presidente es hacer un viaje por lugares ya conocidos: el cambio invocado por el pueblo en las urnas está siendo traicionado, a este Gobierno de buenas intenciones no lo han dejado hacer. Es diciente que, un año después de llegar al poder y tener el partido más votado en el Congreso, el Gobierno no haya encontrado otro discurso más que el victimismo. Sí, ser presidente de un país como Colombia es complejo y difícil. También es cierto que la oposición juega a menudo con tácticas deplorables. Sin embargo, muchos de los tropiezos de la administración Petro vienen desde la misma Casa de Nariño.

Tal vez lo más paradigmático del estilo de gobierno de Petro es que se ha mostrado incapaz de construir un equipo sólido. El presidente se inspira en sus debates, pero es un líder lejano, aislado, a menudo distraído. No habla bien que haya tenido que cambiar a la mayoría de sus ministros a menos de un año de haberse posesionado; tampoco, que, como pasó en el Ministerio de Cultura, se pierda todo un cuarto del cuatrienio en encontrar a alguien para dirigirlo. La comunicación con los ministros ha sido torpe, entre hostil y distante, y la ausencia de Laura Sarabia como jefe de gabinete dejó un silencio ensordecedor en la Casa de Nariño. De administrar con eficiencia, en este Gobierno poco. Las constantes derrotas en el Congreso, donde la coalición de gobierno ni siquiera fue capaz de elegir presidente del Senado el pasado 20 de julio, muestran un equipo incapaz de aterrizar sus propuestas. Ahí no hay conspiración que valga: el problema está en la cabeza de la Presidencia.

Esto no deja de ser lamentable porque, como se le reconoce a escala internacional, el presidente Petro ha mantenido un discurso moderno, esperanzador y con enfoques novedosos en temas que han sido secuestrados por la inercia institucional. Varias de sus reformas son necesarias, muchas de sus ideas le apuntan a construir una Colombia más incluyente. El cambio sí fue pedido en las urnas y se necesita. Empero, no solo de discursos vive la institucionalidad. Si no hay ejecutorias, el Gobierno habrá fracasado de manera estruendosa.

Hay tiempo y buenas señales. Cuando el presidente toma las riendas, tiene aciertos que merecen reconocimiento, como con el nuevo ministro de Cultura, como su terna a la Fiscalía, incluso como su mensaje de respeto a la justicia con el caso de su hijo. Si logra cambiar su manera de aproximarse al poder, la puerta de la oportunidad histórica sigue abierta. Pero es ahora o nunca.

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