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El río y la salud del territorio

NADA MÁS SIGNIFICATIVO SOBRE la forma como una sociedad maneja su territorio, que el estado de sus ríos. Ríos muertos denotan sociedades enfermas.

12 de junio de 2011 – 06:00 p. m.

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Ríos vivos, o revivificados, anuncian sociedades con mejor futuro. Los ríos son por excelencia sistemas sociales y ecológicos integrados. El 2011 pasará a la historia como el año en que la sociedad colombiana comenzó a apreciar la naturaleza de los ríos, o continuó el camino de intentar erróneamente dominarlos. La crisis ambiental por cuenta de los extremos del clima, que se anuncia como una nueva normalidad, recuerda el significado de los ríos. Su potencial o amenaza. El primer paso adaptativo es comprenderlos. Para muchos son simples corrientes a canalizar o sepultar, para otros, parte fundamental de los medios de vida. El paseo de río, o la subienda, son elementos de la cultura nacional. Los hay emblemáticos, pero más los hay problemáticos. Tenemos ríos que se resisten a morir, como el Bogotá —que nos identifica en el ámbito mundial—, y ríos con enorme potencial ambiental que apenas hemos descubierto. Hay ríos espléndidos, como el Inírida, que comenzó a ser herido en su cuenca alta con los cultivos proscritos, o el Apaporis, en buena hora en gran parte protegido y que debe ser defendido a toda costa de la minería del oro.

Es urgente, mientras las aguas continúan bajando, que el país realice una pedagogía sobre los ríos, pues en ellos se evidencia el fracaso de la pretensión racional de concebir y manejar por separado los asuntos sociales y ambientales. Al tratar de manejar alguna de sus manifestaciones hemos olvidado el río como un todo; una unidad hídrica, sedimentológica, biológica y social. No hay ríos por mitad, como tampoco los hay para desarrollar uno solo de sus atributos, sin generar detrimento en sus otras manifestaciones. Cuando un tramo es enjarillonado, la energía hidráulica se traslada a la otra orilla o aguas abajo. Rectificar un río debería ser una rara excepción y no el modelo mental que se les quiere imprimir a todos. No deberían embalsarse ríos de primer orden, pues en un país tan lluvioso los riesgos y costos ambientales son enormes. No deberían embalsarse más de unos pocos ríos de segundo orden en una misma cuenca, porque se podrían perder irremediablemente algunas de sus más notorias manifestaciones biológicas, como las migraciones de peces.

En un conjunto menor de ríos el principal objetivo de gestión debería ser el mantenimiento de su integridad ecológica, como ríos protegidos. Si un río es embalsado con algún fin, en otro lugar se verán las consecuencias. Los estudios de impacto sobre la intervención de un río no pueden ser puntuales, deben hacerse en el contexto del sistema fluvial. La tragedia de este año es producto acumulado de las decisiones individuales de ribereños y habitantes de las cuencas. Aunque ni siquiera es posible identificar un culpable, pues el descuido ha sido colectivo, o mejor, social.

Colombia debe planificar estratégicamente y diferenciar y balancear los objetivos de gestión. Debemos hacer un pacto de convivencia con nuestros ríos. Un pacto ambicioso y sistemático, que respete y entienda el sistema fluvial. No hacerlo, en el país con mayor densidad de cursos de agua por superficie, es hacer inviable nuestra sociedad. Ya los desastres del invierno nos han dado suficientes alertas. Haríamos mal en ignorarlas.

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